martes, 22 de marzo de 2011

LA MÚSICA CONTEMPORÁNEA Y LA LITERATURA

Autores como Mark Twain, Homero y Vladimir Nabokovinspiraron a grupos de rock para componer algunas de sus obras. La literatura y el rock han estado unidos casi desde el surgimiento de este último, menciona el sitio con-secuencias. Hay grupos cuya inspiración llega a partir de la lectura de un libro, y otros más, como Pink Floyd,han grabado discos enteros con una obra literaria en la mente, este es el caso del disco "Animals", basado en el libro "Rebelión en la Granja"de George Orwell, el cual clasifica a las personas en Perros, Ovejas y Cerdos; siendo estos últimos lideres poderosos y malvados. Tanto en lírica como en el concepto, muchas obras literarias se encuentran filtradas en las guitarras que escuchamos de nuestros artistas preferidos. Sin embargo, muchos anteponemos la música por sobre los textos, sin darnos la oportunidad de leerlos, o de plano ignoramos por completo que existe tal relación.



The Velvet Underground Story, European re-issue

Image via Wikipedia

El nombre de la banda de Lou Reed y John Cale, The Velvet Underground, surgió del título homónimo de un libro sobre sadomasoquismo de Michael Leigh que Jim Tucker, amigo de Reed y Morrison y hermano deMaureen Tucker, encontró tirado en la calle.

Si tomamos en cuenta que sus páginas retrataban puro y absoluto sadomasoquismo, comprenderemos mejor el por qué de las letras sobre drogas y con alto contenido sexual que proponía Lou Reed. Incluso un subgénero del rock podría agradecerle su nombre a un libro. Una versión relata que la revista Rolling Stone junto con el editorBarry Giffod empleó la etiqueta “heavy metal” para referirse al estilo más pesado del género. El término parece ser que proviene de Uranian Willy, el chico "Heavy Metal", un personaje de "The Soft Machine" (nombre que inspiró por cierto a otra ilustre banda) de William Burroughs, famoso ensayista de la influyente generación beat.


Howard Phillips Lovecraft

H.P. Lovecraft

Favorito de muchos, Howard Phillips Lovecraft inspiró al grupo homónimo de rock psicodélico. Y es que esos relatos de terror y ciencia ficción gozaban de cierta empatía, no sólo con la música de la década de los sesenta, sino también con el metal, desde Black Sabbath y su tema "Behind The Wall of Sleep" hasta Metallica con "The Call of Ktulu", el también cuento corto del novelista y uno de los más famosos.


Wordmark of the British heavy metal band Iron ...

Del estilo también esEdgar Allan Poe, quien además de escribir "El corazón delator" imaginó "Los crímenes de la calle Morgue" que describe el asesinato de una madre y su hija. Lo suficientemente sangriento para que Iron Maiden grabara una pieza con el mismo título para el álbum "Killers". Hablando de autores oscuros, alguna vezRobert Smith de The Cure reconoció que la supuestamente racista "Killing an arab" en realidad se basaba en "El Extranjero" de Albert Camus

El Extranjero

Image by opk via Flickr

"El extranjero" relata como el personaje principal dispara a un árabe que está de pie en una playa, después de mirar el mar y cegarse por la luz del sol. Curioso es que la banda progresivaMarillion se llamaba en sus inicios Silmarillion, en honor a la recopilación de J.R.R. Tolkien, la pluma detrás de "El Señor de los Anillos". Parece que la palabra se modificó tras algunos problemas jurídicos con quienes detentaban los derechos de ese compendio. Creadores de "Waterfall", los desaparecidos Stone Roses le deben su nombre a Sarah Gainham, quien imaginó su novela homónima de espías situada en los años cincuenta.

Los videos musicales también han retomado aspectos de la literatura. Las imágenes de la muy coreada "Losing My Religion" de REM se basan en el cuento "Un señor muy viejo con unas alas enormes" de Gabriel García Márquez, en donde un ángel que cae del cielo es exhibido como fenómeno de circo por una ambiciosa pareja.

La generacion beat es homenajeada porKing Crimson en su disco titulado explícitamente "Beat" (tan solo ver "Neal, Jack and me" haciendo referencia aJack Kerouac). Camel editò "The Snow Goose" obra cumbre de Paul Gallico y antes habìan publicado "White Rider" en el disco "Mirage" basado en los textos de Tolkien. Los folk-progresivos Renaissance también tienen un disco llamado "Sherezade", basado en "Las mil y una noches".

Gentle Giant hacen referencias a Émile Zola (Pantagruels nativity) y a François Rabelais(The advent of panurge). Blind Guardian son conocidos por sus numerosas referencias a Tolkien, aunque ello también es patrimonio de la mayoría de grupos metaleros.


Pink-Floyd Piper at the gates of dawn

El primer disco de Pink Floyd "The Piper at the Gates of Down", es el título de un capítulo del libro "El viento en los sauces". En la portada de "Magical Mystery Tour" de los Beatles los personajes hacen referencia a un cuento de Edgar Allan Poe, al igual que la cancion "I´m the Walrus". A Rush como ya hemos apuntado se le conoce por sus temas épicos y míticos basados en la literatura; "The Necromancer" es un personaje que hace referencia a Sauron de Tolkien en "El Señor de los Anillos", mientras que los tres viajeros no son otros que Frodo, Samsagaz y Gollum; en "A Farewell to Kings" basicamente se profundiza sobre el choque entre Apolo (deidad de la sabiduría) y Dioniso (deidad del amor); este es un concepto explorado primero por Nietzsche. La canción "Rivendell" toma el nombre de un sitio mitológico en donde los elfos buscan refugio en su viaje peregrinatorio, y aparece por primera vez en la novela "El Hobbit" de Tolkien.



Los Ramones sacaron a finales de los 80 la canción "Pet Sematary" (Cementerio de Mascotas, escrito con esas faltas de ortografia) basado en la novela de terror de Stephen King. "Anabel Lee" de Radio Futura está basado en un poema del explotado filón artístico de Edgar Allan Poe. Iced Earth se inspira mucho en la obra de John Milton "Paradise Lost", ademas de que existe un grupo precisamente con ese nombre. Extremoduro ha utilizado en muchas canciones la estategia literaria tanto con poemas como con libros. Héroes del Silencio tienen varias influencia como William Blake, Charles Baudelaire, Alejandro Casona, Mario Benedetti y Amado Nervo. En "Sympathy for the devil" de los Rolling Stones parece haber influencia de varios escritores como Bulgákov o Baudelaire, y el nombre de Uriah Heep pertenece a un peculiar y malvado personaje que aparecía en la novela "David Copperfield" de Charles Dickens.

Y se quedan en el tintero muchísimas otras referencias no abordadas, pero ya hemos visto en gran medida hasta que punto se han fundido literatura y música. Si le echamos un ojo a muchas bandas metaleras o sinfónicas encontraremos como hemos dicho que Tolkien es su Biblia(Burzum, Rivendel, Gorgoroth, Cirith Ungol, Paradise Lost, Gandalf, Isildurs Bane, Par Lindh Project, Blind Guardian, Manowar, Therion y Rick Wakeman); así como miles de proyectos basan sus títulos en Alicia en el Pais de las Maravillas. Baudelaire es fuente inagotable de inspiración para bandas dark o góticas, los llamados poetas de la Generación Beat son también harto socorridos, y que decir de la ciencia ficción, la mitología (Bathory), la astronomía o la informática?. Todos los ejemplos mencionados aquí sólo demuestran una cosa irrefutable: que el rock y la literatura en la mayoría de casos sí combinan.

ACTIVIDAD

1. ¿Por qué crees que podemos hallar relación entre los conceptos literatura - rock?

2. ¿Esta situación planteada en la lectura es actual o no? Especifica tu respuesta

3. Crees que esta relación beneficia al público o lo confunde? ¿Cómo?

4. ¿Qué caso te llamó la atención? ¿Cuál es la razón?

¿INTOLERANCIA O IRRESPONSABILIDAD?

EL CASO DE SALMAN RUSHDIE Y EL AYATOLLAH KOMEINI


Puede ocurrir que un escritor, en uso de su libertad para crear e inventar sus ficciones o historias, aborde temas que queriendo o no ofendan a personas que tienen ciertos tipos de creencias. Pero...luego, ¿dónde queda que el arte necesita ser libre? Tal vez, los límites para escribir, después de todo, existen? veamos qué le aconteció a Salman Rushdie, el escritor.


En la mayoría de los casos la intolerancia de las tiranías hacia los escritores se transforma en claros ejemplos de irracionalidad, tal fue el caso de Salman Rushdie, el escritor angloindio. Antes de finalizar los años ochenta, la teocracia gubernamental de Irán condenó a muerte al novelista por supuestamente blasfemar a la religión musulmana en su obra Versos Satánicos. En el Reino Unido, él tuvo que vivir por largo tiempo en la clandestinidad con el propósito de esquivar la muerte a manos de los grupos terroristas iraníes.

Como ciudadano británico, el gobierno de Margaret Thatcher le otorgó seguridad al más alto nivel. "Puede ser una ironía en un Estado autoritario, donde uno le debe lealtad al régimen, pero no lo es en una democracia auténtica", respondió Rushdie al ser interrogado sobre su condición de ciudadano protegido del Reino Unido. De hecho, una gran cantidad de escritores son asesinados o forzados al exilio sobre todo en sociedades con grupos terroristas y gobiernos tiránicos sin fuertes presiones internacionales por el respeto de los derechos humanos, basta mencionar los casos de Argelia, Myanmar, Bangladesh, Haití y Cuba.

"Los islamistas argelinos han inaugurado la era del asesinato mediático, en la que se mata a gente, tengan el nombre o la posición que sea. Les resulta más rentable, mucho más que matar a mil policías. Y les es más útil ideológicamente, ya que son intelectuales y no el poder quienes constituyen la única salida contra una victoria del integrismo en Argelia", sostuvo el escritor Rachid Mimouni en una entrevista a Le Nouvel Observateur de Francia. Ciertamente, el país norafricano conoce muy bien la violencia terrorista contra los opositores: el Frente Islámico de Salvación (FIS) asesinó a los escritores Tahar Djaout y Abdel Kader Alloula, a principios de los noventa.

ACTIVIDAD
1. ¿Qué razones válidas tuvo el Ayatollah para mostrar su ira contra salman Rushdie?
2. Entonces ¿el arte es libre? Opina al respecto
3. Su novela ofensiva se titula "Los versos satánicos"; ¿el solo hecho de tener este título es ya motivo de crítica? ¿Qué te parece?

EL MISTERIO DEL CASO PYNCHON

A parte de sus obras, apenas conocemos nada de uno de los autores estadounidenses contemporáneos más notorios: Thomas Pynchon. Desde que deja la compañía Boeing, antes de publicar su más célebre novela, “El arcoiris de la gravedad” en los años 60, se pierde su pista. Pynchon desaparece de la escena pública antes de alcanzar la fama como escritor, haciendo un trabajo perfecto borrando las huellas de su pasado. Actualmente, a parte de un escritor de culto, es un fetiche para los teóricos de la conspiración.

¿Qué sabemos de él?

En Mayo de 1937 nace Thomas Ruggles Pynchon Jr. en Long Island (Nueva York). Fue nombrado “Estudiante del año” por su instituto, el Oyster Bay High School, donde escribió algunos relatos literarios para la revista del centro. Más tarde sería aceptado en la Universidad de Cornell, donde comenzó a estudiar física e ingeniería y permaneció alli dos años, hasta que se alistó en la Marina de los EEUU. En 1957 regresó a la universidad y dos años despues publicó su primera novela “The small rain”(“La pequeña lluvia”), que cuenta la experiencia real de un amigo en el ejército, en el Cornell Writer.

Tras finalizar sus estudios trabajó como redactor técnico para la firma Boeing, empresa que inspiraría la ficticia Yoyodin en su obra “V.” que vió la luz en 1963. A partir de aquí, se pierde su rastro. Se dice que quemó su expediente académico, el militar y sus currículums, que no tiene domicilio fijo. De hecho, su nombre ni siquiera figura en los registros de la empresa Boeing.

En 1973 recibió el National Book Award, que fue recogido en su nombre por un estudiante del que no se ha vuelto a saber nada. En todas las ocasiones en las que ha sido premiado, ha enviado a falsos “pynchons” a recoger el galardón. Las únicas fotos que han trascendido de él son de hace más de 40 años, un de ellas se trata de la de su anuario, bajo la que se puede leer “Amante de las pizzas; detesta los hipócritas; su posesión más preciada es una máquina de escribir; quiere ser físico; orgulloso miembro del Club de Matemáticas y del Círculo Español. Característica definitoria: su inmenso vocabulario”.

En 1997, Pynchon es sorprendido por las cámaras de la CNN paseando por Manhattan. Rápidamente llama por teléfono a la cadena para exigir que su imagen no se difunda, exigencia que tras ser discutida, la cadena aceptó. Segúnha declarado la CNN, Pynchon dijo “Déjenme no ser ambiguo. Prefiero no ser fotografiado.” A cambio, aceptó aparecer en el programa de Larry Clark con su rostro nublado electrónicamente, donde habló de su entonces recién publicada obra “Mason y Dixon”.

¿Qué se ha dicho de él?

Como escritor que guarda con sumo cuidado su intimidad, tanto que ni los editores de sus novelas le han visto el rostro, y evita cualquier tipo de presentación en público o contacto con los medios, ha sido el centro de muchos rumores y leyendas urbanas que atestan las páginas web dedicadas a este misterioso escritor.

Algunos afirman que su enemistad con los medios fue ocasionada por el complejo que Pynchon sufría por sus dientes prominentes. Vila-Matas cuenta que un crítico y profesor universitario, estudioso de la compleja narrativa de Pynchon, fue invitado a una fiesta por el novelista. Bajito y moreno, irónico y parlanchín, estuvo divertido y amable. Veinte años después recibió otra invitación del escritor para un party. Lo recibió con un whisky en la mano otra persona, un sujeto alto, rubio y silencioso, que afirmaba ser Pynchon, y cuando el crítico expresó su perplejidad, el otro sonrió. “¿Quién es Pynchon? ¿Usted o el otro?”. El Pynchon rubio se rascó la cabeza. “¿A usted qué le parece?”

martes, 8 de febrero de 2011

BORGES Y SU NARRACIÓN DE ARENA

LA ESCRITURA DEL DIOS


La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso(que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro, hay un jaguar, que mide en secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra [el mediodía] se abre una trampa en lo alto y un carcelero que ha ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja, en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar. He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo. La víspera del incendio de la Pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios, pero éste no me abandonó y me mantuve silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal. Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui debelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después, empecé a avistar el recuerdo; era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que rodeara una cárcel, no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla. Esta reflexión me animó y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la Tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ella podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra de dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos, las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invunerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizás en mi cara estuviera escrita la magia, quizás yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios. Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor. Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas transversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos. No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel texto. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios, toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y cuanto puede comprender un lenguaje, son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo. Un día o una noche - entre mis días y mis noches, ¿qué diferencia cabe? - soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir, indiferente; soñé que despertaba y que había dos granos de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando; con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil; la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable y morirás antes de haber despertado realmente. Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: Ni una arena soñada puede matarme ni hay sueños que estén dentro de los sueños. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la rodaja, el cordel, la carne y los cántaros. Un hombre se confunde, gradualmente con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circustancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra. Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh, dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las muchas montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre. En una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales) y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a De Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán. Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto lo ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él ahora no es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

EL OTRO


El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
-Dufour -corrigió.
-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente."Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
-¿Y usted?
No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ¿Que tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges? No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
-¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.
Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'byre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?
-Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.
Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.

ACTIVIDAD

1. Reconoce el tipo de narrador que Borges utiliza en cada relato anterior.

2. LA ESCRITURA DEL DIOS: ¿Qué piensa Tzinacán del destino?

3. EL OTRO: ¿En qué momento el relato convierte la confusión en un atractivo para la lectura? Proporciona detalles.

4. Ilustra creativamente los relatos.

lunes, 10 de enero de 2011

TEATRO ESPAÑOL DEL RENACIMIENTO

LA VIDA ES SUEÑO
Pedro Calderón de la Barca
MONÓLOGO DE SEGISMUNDO


En escena...


Descúbrese SEGISMUNDO con una cadena y la luz vestido de
pieles

SEGISMUNDO:¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
--dejando a una parte, cielos,
el delito del nacer--,
¿qué más os pude ofender,
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que no yo gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que dejan en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
--gracias al docto pincel--,
cuando, atrevido y crüel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huída;
¿y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegios tan süave
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?

ROSAURA: Temor y piedad en mí
sus razones han causado.

SEGISMUNDO:¿Quién mis voces ha escuchado?
¿Es Clotaldo?

CLARÍN: Di que sí.

ROSAURA: No es sino un triste, ¡ay de mí!,
que en estas bóvedas frías
oyó tus melancolías.

SEGISMUNDO:Pues la muerte te daré
porque no sepas que sé
que sabes flaquezas mías.
Sólo porque me has oído,
entre mis membrudos brazos
te tengo de hacer pedazos.

CLARÍN: Yo soy sordo, y no he podido
escucharte.

ROSAURA: Si has nacido
humano, baste el postrarme
a tus pies para librarme.

SEGISMUNDO:Tu voz pudo enternecerme,
tu presencia suspenderme,
y tu respeto turbarme.
¿Quién eres? Que aunque yo aquí
tan poco del mundo sé,
que cuna y sepulcro fue
esta torre para mí;
y aunque desde que nací
--si esto es nacer-- sólo advierto
eres rústico desierto
donde miserable vivo,
siendo un esqueleto vivo,
siendo un animado muerte.
Y aunque nunca vi ni hablé
sino a un hombre solamente
que aquí mis desdichas siente,
por quien las noticias sé
del cielo y tierra; y aunque
aquí, por que más te asombres
y monstruo humano me nombres,
este asombros y quimeras,
soy un hombre de las fieras
y una fiera de los hombres.
Y aunque en desdichas tan graves,
la política he estudiado,
de los brutos enseñado,
advertido de las aves,
y de los astros süaves
los círculos he medido,
tú sólo, tú has suspendido
la pasión a mis enojos,
la suspensión a mis ojos,
la admiración al oído.
Con cada vez que te veo
nueva admiración me das,
y cuando te miro más,
aun más mirarte deseo.
Ojos hidrópicos creo
que mis ojos deben ser;
pues cuando es muerte el beber,
beben más, y de esta suerte,
viendo que el ver me da muerte,
estoy muriendo por ver.
Pero véate yo y muera;
que no sé, rendido ya,
si el verte muerte me da,
el no verte ¿qué me diera?
Fuera más que muerte fiera,
ira, rabia y dolor fuerte
fuera vida. De esta suerte
su rigor he ponderado,
pues dar vida a una desdichado
es dar a un dichoso muerte.

ROSAURA: Con asombro de mirarte,
con admiración de oírte,
ni sé qué pueda decirte,
ni qué pueda preguntarte;
sólo diré que a esta parte
hoy el cielo me ha guïado
para haberme consolado,
si consuelo puede ser
del que es desdichado, ver
a otro que es más desdichado.
Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que comía.
¿Habrá otro --entre sí decía--
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.
Quejoso de la fortuna
yo en este mundo vivía,
y cuando entre mí decía:
¿Habrá otra persona alguna
de suerte más importuna?,
piadoso me has respondido;
pues volviendo en mi sentido,
hallo que las penas mías,
para hacerlas tú alegrías
las hubieras recogido.
CUESTIONARIO
1. ¿Qué angustias atormentan a Segismundo en este cautiverio?
2. Tiene alguna explicación la inesperada ternura o compasión que de pronto Rosaura siente por el "prisionero"?
3. Explique la frase "¿y yo, con más albedrío/ tengo menos libertad?".
4. Considerando el argumento general de la obra, ¿cómo se justifica la situación de Segismundo?
5. Reflexione: y ¿cómo saber que la vida no es un sueño?

VIAJES PARALELOS




ELEMENTOS Y TIPOS DE CUENTO

A continuación hallarás tres narraciones. Al pie se encuentran las actividades a resolver.



EL ALBATROS


Siempre las ideas que sostenemos con firmes argumentos son nuestra mejor defensa para erigir tal o cual afirmación (o negación). Siempre es así. Son nuestros baluartes para iluminar a cualquier persona incrédula o confundida. Pero este principio epistemológico no era más que basura, ahora que estaba próximo a que me envíen a un encierro eterno, allá en la isla más ignota para una muerte lenta. Y digo muerte lenta, que es lo mejor que me podría pasar, lo mas seguro es que me termine creyendo el Chorri Palacios o un albatros aprendiendo a volar. Son así de inconsistentes las palabras cuando te han condenado como subversivo (Ellos dicen que lo soy),. Mis réplicas a sus acusaciones solo generan una mueca indiferente, un escozor en la oreja, o simple y llana indiferencia: beben su agua mineral y ya está. Se les ve tan regios. Mi familia, o lo que queda de ella, es solo mi hermana Teo, consiguió ponerme un abogado, que me ausculta bajo esas nigérrimas cejas desde el ala derecha de la sala, sin musitar nada. Sus brazos regordetes sostienen un enorme portafolio sobre su vientre convexo. A veces, más me da la impresión que anda reculando otras casos más que el mío; es más, alguna vez lo he sorprendido con los ojos apenas abiertos y medio inconciente. Incluso estoy seguro que él es conciente que mi caso está perdido.
“¿Estudio en San Marcos?”// “Sí, es cierto señor”.
Cómo no voy a decir que sí. Allí conocí a Cristina, a Lucha a Peluca Santibáñez, a Folche y al amor de mi vida, Edelmira. Allí supe de Freud, de metafísica, de estudiar sin tener un bocado en el estómago hasta al anochecer, supe de las ideas iconoclastas de Gonzáles Prada, del “perdido” Valdelomar, así lo llamaba el doctor Miguel Soto: nuestro profesor (el hombre era una enciclopedia), incluso conocía a Bryce la vez que vino a visitar e inaugurar la biblioteca de Sociales; supe de las chelas heladas del bar, allá en el segundo piso de “ El zúngaro” , supe de las hembritas que , providencialmente veíamos venir de la Católica, hacían las delicias de todos mis amigos, supe de nuestros sábados peloteros en la canchita de derecho( siempre llegaba sucio a casa). Cómo negar que soy de San Marcos.
“¿Qué hacía Ud. con Manuel Mujica y Filemón Ticses?” Ah, los buenos de Manolito y el File, eran mis compañeros en un grupo de música latinoamericana allá cuando era un adolescente. Yo era un conocedor en el arte de soplar las cañas de una zampoña. Siempre esperaba con ansias los fines de semana para reunirnos y tocar alguna tonada de Bolivia o Puno. La verdad me distendía mucho, además de tener una afición innata por las melodías, definitivamente siempre fui un melómano incurable. Claro esta, con los años mis gustos musicales fueron cambiando: Beatles, Paul Simon hasta Pink Floyd y la música etérea para mis meditaciones astrales. Mientras decía o reflexionaba sobre estas cosas, noté en el semblante de mi hermana una pena y angustia en zozobra (si hubiera podido saber que hace dos días Manolo y el File habían caído con pertrechos, hubiera dicho algunas cosas y obviado otras).
- ¿Qué hacia Ud. con ellos?
- Pero, por que insiste tanto con ellos.
- Limítese a responder.
- Bueno………. Lo dicho, tocábamos.
Un par de veces tocamos en el aniversario de cruz de Motupe. Este era un asentamiento humano en las laderas de un cerro por independencia. Recuerdo que en una de esas mientras los pobladores bailaban en una ronda, mis diecisietes años fueron jalados por una chola a la ronda y terminé bailando mientras el grupo no cesaba de tocar, aun con más bríos al verme bailar. Fue muy bonito estar allí. Aquella vez pude contemplar al grupo en tercera persona, y valgan verdades, las cañas y el bombo, acompañadas de las dulces cuerdas del charanguito de Manolo, eran los vientos mismos del ande estrellándose en compases inmensos, contra el ichu y los caudalosos ríos allá en las alturas del hombre de bronce. Creo que esta convicción fue la que me llevó a querer a este grupo. Aun escucho la voz del File y Eduardo repitiéndome: toca con el estomago. Éramos los Llactarunas.
Edelmira, donde estarás. Mi corazón se siente muy solo. En esta sala hace mucho frío y hay miradas apuntándome con todos sus fuegos. Creo que mi hermana mugía tu nombre en las cuatro sílabas que me dirigió antes de señalarme a la puerta del guardia que da a la calle. Quisiera volar a ti. No me sirven las pelotas ¿sabes? Te imagino detrás de esa puerta con tus enormes ojos y tus frases reinventadas, pidiendo a todos por mí. No, mi amor; no dejes el trabajo a Dios en vano; lo mío es inexorable. Solo recíbeme en tu pecho. Tal vez pudiera ser dos y salir de aquí buscando el vino.
- ¿Alguna vez Ud. usó algún arma o guardó alguna consigo?
- Jamás.-La acusación y no la pregunta, me rehizo.- Nunca he tomado un arma, señor.
Siempre le he temido a las armas, solo el imaginar su frío acero en mis manos me aterra. Siempre he tenido en claro que son instrumentos de muerte, y yo le temo al proyectil, a los explosivos, al despedazamiento. Nunca podría usar un arma, me resultan bestias durmiendo, y no quiero saber de su ferocidad apretada a un gatillo. Uno de los magistrados de la mesa estaba acodado, con las manos entrelazadas y haciendo bailotear a sus pulgares. Me miraba fijamente, mientras yo respondía a esta pregunta. Creí toparme con una mirada que, dentro de las otras contemplaba la posibilidad de empezarme a creer. Su mirada se perdía en mi contemplación como debatiéndose en la calma que significa una sombra en plena canícula. Perdió el trance en un par de segundos cuando su colega le golpeó con el codo y le musitó algunas cosas al oído. Me hallaba perdido. Mi libertad parecía haberse alejado en un capricho de alguna voluntad inconmensurablemente mordaz. En ese momento llegué a comprender que debía seguir a todas las esperanzas que me quedaban aferrándome con el resto de energía que aún era capaz de poseer. Debía seguir a los delfines. Era ya el atardecer. Un sol tibio podía verse por las ventanas laterales. Los puntos cardinales en que oscila mi existencia habían adquirido una ligereza sorprendente. Percibo la brisa surcando por mis parpados, percibo la distancia que se va abriendo entre mis reflexiones y el cemento yerto. Mi cabeza va buscando instintivamente un cerúleo límite.
Los hombres que estaban en el blanco salón hablaban y miraban a aquel otro que yacía estático en esa silla silente. Debe estar pasando algo muy triste pues una mujer llora en silencio detrás de una puerta y otra se debate en aflicciones más acá de mi partida, de mi crisálida y de mi interno continente. No creo haber sido crisálida, el sol revitaliza mis alas blancas, enormes como el techo de una palmera. Más allá de sus preguntas busco el mar. Voy surcando diminutos puntos en la tierra. Es increíble lo bien que se siente respirar más allá de los dos u ochos metros: el aire es libre. Por fin puedo divisar el mar rumbo a la ignota isla a donde llevan al hombre enmarrocado al acero y a unas acusaciones que jamás se descifrarán.




AVE NOCTURNA

Llamaremos prosaica a esta historia que no tiene más misterios que la idea que hurga entre tinieblas. Mara había conducido su vida entre tantas dudas que su pericia en el manejo de voluntades era de por sí muy inestable.
La tarde en que partió de su cuarto estaba tan gris, tan fría que no asomó más calor en la calle que la contemplaba que el suyo propio. Contorneaba su frágil figura en las calles, algunos muchachos que la conocían le lanzaban frases muy calientes y otros, los de menos vulgaridad, oscurecíanse preparando una frase impródigamente preparada. Más ella estaba ya acostumbrada a este tipo de trato de hombres con repertorios incluso más densos que aquellos. Seriamente había pensado muchas veces irse de aquel lugar que olía a un ordinario bastión de voluntades menores. Avanzaba entre los estribillos de hombres y la caía de una garúa típica en esta época del año. Las manos en su breve casaca tocaban esa única llave que le abriría la puerta al regreso de esta nueva experiencia.
Sentada en la combi limeña, apoyaba su mirada en los turbios cristales del lado derecho del asiento. Su piel lozana y blanca no se conmovía ante el cada vez más desolador frío. Pensaba en el pequeño tesoro que había dejado en casa. “Pórtate bien. No hagas las cosas que me molestan”, le había dicho al pequeño suspiro que le alegraba los días y las tardes solitarias. Sin embargo, en algún ángulo de su memoria también lo recordaba a él. “¿Qué estará haciendo? Con qué tipa andará por ahora”. Criaturas multiformes pasaban por su mente, sitiándola en el desamparo de la desolación. En la radio del bólido sonaba Chambao cantando aquella canción que no se animaba a tararear. Una voz tan apurada como inoportuna interrumpió sin delación su ensimismamiento para pedirle las monedas del servicio. Contó las monedase exactas y volvió a sus cavilaciones. Reacomodó sus lacios cabellos, se frotó las manos para volverlas a introducir en los bolsillos altos. Sin embargo, sacando una volvió a escribir entre la humedad interior del vidrio aquella frase que la última vez pudo ver escrita en otro cristal: “Eres mi amor irracional”. Al verla escrita, la volvió a enturbiar con el aliento cálido de sus entrañas. Sentía que algo faltaba, no recordaba el fragmento faltante; aún así la volvía a escribir y escribir en ejercicio ya casi monótono como inútil contra el calor humano. Alzó la mirada para percatarse del lugar en el que se hallaba. Todavía faltaba un tramo. Revisó su celular. Nada.
Ya en la vereda, se alejó de la muchedumbre, ya en un lado, tecleó las palabras para avisar que ya lo esperaba. Estaba allí, no lo podía creer: lo volvería a ver. No era lo correcto, era conciente de ello; pero deseaba verlo. Muchas de las palabras suyas habían quedado dentro de ella. Las formas, los sonidos, los gestos habíanse incorporado en su ser. A pesar de haber enviado recién el mensaje, sentía que el tiempo estaba pasando muy lento. Sus pisadas deambulaban de un lado a otro, hubiera querido irse, pero no. Ya estaba allí y por alguna extraña razón su corazón se iba acelerando. Por fin llegó en el mensaje. Estaba en camino. Lo vio. Subió a su derecha. Él la tomó de las manos y se fueron pediendo entre las calles de la gran ciudad. Estacionados en algún lugar, los besos fueron y llegaron, las miradas, las risas, los deseos compulsivos. La noche ya no era tan fría. Durmieron. Se despertaron. Los disgustos eran tan efímeros como la caída de una gota más sobre los techos. A pesar de no haber copulado, se sintieron muy felices de saberse el uno al lado del otro. Contemplada se sentía feliz, por la comisura de sus labios, mientras sonreía, siempre se dibujaba una sonrisa que cada vez se iba haciendo más permanente. Algunas horas antes de que asomara la luz del alba, Mara se interrogó si él era el hombre que había estado esperando durante el desastre que había estado señalándose en su destino para la eternidad. Ya se lo había pedido. Ella estaba muy sensible a esos temas. La palabra “formalizar” le daba miedo. Un pánico se apoderaba de sus formas cuando la sabía cercana. A vez, lo quería cerca, lo más que pudiera. La cercanía sería la circunstancia que condenaba su espíritu a los abismos de la soledad. Así, lo vio dormir. Contempló sus ojos cerrados, sus pupilas dilatadas y sus manos inmóviles. Las de él, el otro eran más grandes. Tomó sus llaves, introdujo el celular en su bolsillo izquierdo y salió del auto. No pensaba en nada. Cerró la puerta apenas con fuerza y tomó la vereda contraria. Avanzó a oscuras una, dos, tres…cuadras inacabables. Veía por entre los postes si alguna sombra se acercaba. Nadie. “Mamita, no te vayas”. No hizo caso a la conciencia. Avanzó por aquellas calles que en su vida había pisado. Realmente no sabía dónde estaba. Quería huir, salir de todo ese marasmo en el que se había convertido su vida. Le daba pena contemplarse en sus visiones personales. Su tesoro le volvió a resonar en la cabeza. Ella necesitaba protección, pero su hija necesitaba más de ella, mucho más. Quiso retroceder, ahora en verdad, quería huir, pero ya estaba demasiado lejos de donde empezó su extraviado paso.
A lo lejos, tres hombres conversaban en una esquina. Sin poder verlos aún, supo que alguna presencia estaba cerca. Se detuvo, respiró con profusión. La esquina amarilla a la que había llegado se sostenía en la luz que el pálido poste de luz glorificaba. Unos paneles cercanos vivificaban su presencia por lo que era imposible que “los de allá” no la hayan visto. Se inquietaron y empezaron tomar decisiones. Se empezaron a mover. Los pasos iniciales. Solitaria en esas calles de espanto, corrió por una esquina opuesta. Algunos autos pasaron por allí, ninguno se detuvo. Se guareció detrás de un pequeño muro que protegía a una casa de las aguas que en época de lluvia bajaban de los lados altos de esa calle. Protegida por unos arbustos, sintió su cuerpo tiritar. Quería desvanecerse y ser un espíritu que arranque en vuelo e ir a la cama donde dormía su preciosa. Escapar se hacía imperativo. No podía, debía quedarse inmóvil. Ya no había marcha atrás. Metió la cabeza entre sus piernas encogida en sí misma. Nunca la levantó. El blue jean se hizo tan delgado como papel arroz por el frío del suelo. Las gotas del rocío se empezaban a formar en las hojas de las plantitas circundantes. Creyó que había pasado buen rato. Se incorporó con cuidado y empezó a dar los primeros pasos. “Calle Avutardas” decía el letrero en el que se había cobijado. La pequeñez de su silueta la había favorecido. Su rostro frío se veía pálido y sentía las manos congeladas; decidió emprender el regreso, buscar la salida de todo esto. La idea no fue buena, nunca lo fue. Un dolorcillo le molestaba en una de las nalgas. La dureza del suelo y la llave entre ella le había dejado muy sensible aquel punto específico. Era corta de vista, pero explorando esa calle, no vio a nadie. Mucho más calmada, decidió esperara a que amaneciera. No se animó a levantarle la mano a ningún conductor a pesar que algunos de ellos se detenían frente a ella y, otros, los más audaces, bajaban la velocidad para decirle cosas terribles. Ella ni se inmutaba. Veía sin ver. Más allá, en un paradero, se sentó. El cansancio la vencía. Sintió alivió, pero decidió seguir caminando pues se enfriaba más detenida. Llegó al filo de esta nueva avenida desconocida. Extrañamente creyó ver a niños solos en la avenida opuesta. Caminó un poco hacia ese lado. Uno llevaba ropa amarilla y otro, una camiseta negra. Incluso creyó ver a otro de blanco que yacía detenido. Estaban solos “¿Cómo puede eso ser? Habrá gente tan insensible que no entiende que los niños no tienen más misión que la de ser felices”. Condenó a los padres de esas criaturas que se debatían en juegos al lado de lo que parecía un contenedor de deshechos. “Ángel bueno, llévatelos. Y con ellos, llévame a mí”. Una lágrima resbaló por su níveo rostro. Se conmovió hondamente imaginando algún pasado que le sabía familiar al personal. Desconsolada, los volvió a mirar. El flaco consuelo llegó cuando uno de ellos cruzó la pista hacia ella y pudo ver con claridad de que eran perros vagabundos. Éste, el amarillo se detuvo cerca de ella y ladró, al empezar esto, alguien la tomó desde atrás. Apenas pudo verlo: era él. Así, cayó desvanecida.
La blancura de la vida siempre es un solaz. Así, con él, el tiempo transcurre generoso y bueno. Todos tienen un fin en la vida, unos para tener proyectos más grandes que otros; pero Mara tenía los propios, sin duda. Buscó refugio en los actos equivocados de la reacción, había tomado muchas cosas sin mayor aplomo; las experiencias pudieron haberla marcado implacablemente, pero a cambio le dio otras razones por las cuales aun no había cumplido la misión. Ahora que descansaba, su respiración había cambiado. Su lenidad se rehizo. Oía melodías cercanas, pisadas. Las pisadas dieron paso a la bondad de aquella voz que en sus peores experiencias la habían conmovido: “Hola mamita ¿Me escuchas?”. Apenas abrió los ojos, puedo ver a su princesa en esa habitación. Esta vez, la lágrima que se liberó de sus pupilas era una lágrima de esperanza. La niña la abrazó hasta el cielo mismo.






LOS ESPECTROS SI CONOCEN DE ORGULLO

“Que alguien me vea un instante existir”
Dolores Delirio


Normalmente, en el lugar tan alto que se encontraba su habitación, era ordinario que las voces de los vecinos de los diversos lados se cuelen y armen una especie de coro tan multicolor como multidireccional en una consonancia más bien acogedora. Esto no solía ocurrir cuando alguno de los vecinos tenía alguna discusión, pues en esos momentos, los nervios se crispaban en la paz que tanto anhelaba. Las discusiones siempre llegaban de la pareja de vecinos que vivía a la espalda de su habitación. La mujer despotricaba en palabrotas hacia el ingrávido marido que al parecer tenía afición por la bebida y llegar a deshoras a casa. Lo que realmente le apenada era que dos niñines, que de cuando en cuando gesticulaban mientras jugaban, tenían que oír toda la furia que su madre condensaba.
En esa mañana se encontraba ojeando una novela de un autor que recién quería conocer, y si le gustaba, reconocer. Solo se oía la tierna voz del niño que hacía sus balbuceos de bebé en el piso de abajo mientras su madre le conversaba. Tendido sobre su cama, su ventana podía delatar que el sol de hoy sería insufriblemente atroz. Ya se veía sudado en cuellos y vientre si esto seguía así. Era la temporada que más odiaba.
“Perdón” fue la voz. Se incorporó. La voz se oyó tan cercana que debía haber sido dicha a casi un metro de sus oídos. Se estremeció. Creyó reconocer la voz. Era de Ella.
Intentando recuperarse de la turbación, pensó, “Será que se está despidiendo. ¿Se irá a morir”. Los dichos de los mayores de su familia decían que los prontos a morirse recogen sus pasos. Fue a su salita, ya frente al teléfono, levantó el auricular y digitó los números harto conocidos. Al finalizar el primer timbrido, colgó. Su interior estaba aún llenó de represión que no terminaba de ahogarse. Se sentó. Suspiró unos segundos y luego de contemplar la ruma de libros que yacían sobre el mustio escritorio, levantó el auricular y marcó de nuevo. “Hola Lucho, cómo estás. Oye Huevín, qué hay en la noche. ¿Así? Bueno, ¿qué flacas van a ir? Ok. Me pasas la voz”. Rápidamente desdibujó la sonrisa hipócrita que de agrado no tenía absolutamente nada. Metió la cabeza entre las piernas. Agachado, se sintió un cobarde. Pero no, su orgullo era más. No la llamaría, ¿no se merecería que la importancia de su existencia sea verificada con el clamor de la ligera piedad?

. . .

- Ya terminó Dolores, vámonos de aquí.
- Ya va
Junior recogía su casa negra de los guardarropas confundido entre las luces del lugar. Dio media vuelta y se disponían a salir. Él sorbió lo que quedaba de la cerveza y cruzó la puerta.
- ¡Sellos? Nada. Así nomás- Le dijo a alguien y caminó por la acera nocturna
- Por si acaso –dijo su compañero dejándose estampar el brazo- ¿Qué tal si ahorita aparece el Cabecilla Lucho y reingresamos? ¿Quién te dice que en este preciso momento se aparece?
- Ya sube compa’re- le dijo desde dentro del auto.- La seguimos en el barrio. Aquí no pasa nada. Mucha gente alzadita; me jode eso.
- Sí. Vámonos. Cómo la malogró todo Lucho.
- Ya déjalo; está con su flaca. Tiene derecho.
- Mira, me alcanzaron este volante. Próximo concierto de Dolores Delirio en el Bash Bar. La hacemos linda allí. Porque con estos monses de ¿cómo se llaman estos que iban a tocar? Hey, ¿me estás escuchando?
- Estoy manejando.
El rictus que mostraba podríase creer que delataba su estado de ebriedad. Sin embargo, estaba pensado mucho en aquello. La serenidad de la noche le daba márgenes más amplios para la reflexión. Ahora debía manejar esto. Ni la pista ni la incipiente garúa limeña lo iban a derrotar.
-O’e, ponte Timidez, ésa es bien profunda.
- Ponla tú. Agarra el control: “Tú dices que quieres existir…que me amas…que…”
Apagó la canción estirando la mano sobre el auto radio.
- ¿Qué pasa huevín? Ponla… Te pones en un plan bien cojudo.
- No jodas.

. . .

Se puso el pequeño guante negro en la mano izquierda y preguntó a Ricardo si ya era hora. No le respondió de buen agrado, pero el caminar del resto de sus compañeros le anunció que ya salían. El ruido era ensordecedor. El cariño de su público siempre lo conmovía. Como batero, Josué sacó las baquetas desde debajo de la silla y empezó el delirio. Los audífonos no se movían de su cabeza, a pesar de los múltiples movimientos nerviosos que su música le empujaba a hacer. Abajo, el público se relamía en las delicias de la guitarra de Jeffrey y las entradas vocales de Ricardo. Muchas caras, muchas melenas brincando por aquí y por allá, gritos, alaridos humanos blandían en la atmósfera. Las sombras parecían moverse entre tantos cuerpos y voces. Golpeaba cada nota con una pericia personal. Una mano que se difuminaba entre los tambores, a ratos parecía que no era la suya. El vértigo de los movimientos turbaba su vista. Las luces debían estar causando este efecto. En un intermedio de canciones, Jeffrey lo notó perturbado y se le acercó.
- Ta’ mare, estás sangrando aquí ¿Qué te has hecho? – le tocó una ceja, y le mostró algo que parecía ser un líquido rojizo.
De inmediato, Josué saltó de su silla. Se tocó la ceja derecha, se la frotó con cuidado para no empeorar la situación. No pudo notar la mancha nuevamente. Lo hizo de nuevo con el borde de su bibidí, pero reparó en que éste era de un azul muy oscuro y que difícilmente iría a notar algo entre el fragor de tantas luces centelleantes. Levantó la mirada hacia Jeffrey y lo vio todo. Éste se deshacía en risas de espaldas al público y con los ojos chinos de risa.
- Es ketchup ¡Qué lornaza eres!
Le hubiera dado un sopapo en la cabeza por la gracia, pero se vio obligado a volver a su lugar porque Ricardo estaba anunciando el próximo tema. Se acomodó los audífonos y empezó el tropel de notas.
Todo acabó. El concierto había sido muy bueno. Sentía sed e iba por otra botella de San Mateo. Ya se quitaba los audífonos, y los vio salir. Detrás del último muchacho que se retiraba estaba ese ser pútrido y horrendo que le lamía la nuca.
- Mira eso- le inquirió a su compañero.
- ¿Tú que dijiste? Ya se la hice. Recontramonse.
- No, de verdad huevón. Mira esa vaina que está detrás del pata.
- Ya pela’o, deja eso. –pidió Jeffrey a la vez que bajaba del escenario y tomó el agua de botella que le alcanzaban. Josué siguió arriba pasmado.
- Se fueron. – se dijo sin que nadie lo escuche.
Cuando por fin bajó, se le notaba severamente estupefacto, inexpresivo. Se dispuso a salir detrás de su “tenebrosa visión”. Una mano lo tomó del hombro, otra del vientre. Eran las chicas del club de fans. Desde un costado llegó su enamorada hallándolo en tal embarazosa situación. Josué no dijo nada porque no sentía ni pensaba nada, su mirada apuntaba a esa puerta turbulenta de tantos colores y luces. Intentó deshacerse de los brazos y de la mirada acusadora. Nunca pudo desprenderse de ellas ni de los clicks de las cámaras ni de los lapiceros con los papelitos y la inquietud de su amor enrojecido.
- Hey, Josué, subes después.- Alcanzó a oír la voz de un amigo suyo, desde algún lado de la oscuridad.

. . .

Se tiró sobre su cama. La cara escondida entre las sábanas, intentó estirar las manos hacia atrás. Alcanzó sus zapatos de espaldas, desataba los pasadores: uno a uno ambos zapatos fueron cayendo.
- ¿Qué esperas? ¿Acaso quieres que me tienda a tus pies a pedirte perdón? No. Estás muy equivocado. Cuando una relación empieza es porque ambos quieren. Y cuando fracasa, la culpa es de los dos, también.
- Cállate. Eres una mala mujer. Jugaste…a sabiendas de todo, jugaste. Largo de aquí…
- Eres malo conmigo.- Ella empezó a derramar las primeras lágrimas.
Tal vez antes se hubiera acercado a consolarla, pero “aquel” último dolor aún aniquilaba su fe, su espíritu destrozado no lo dejaba. Ella se incorporó de su posición.
- No creas que vengo a mendigar tu piedad ni tu perdón. Toma. –le alcanzó una foto de ella. – Rómpela para largarme.
- Con gusto
Y él la hubiera roto si no hubiera despertado viéndose en su cama con toda su ropa puesta, pero descalzo. Sentía frío, aunque todas las ventanas estaban cerradas, sentía mucho frío. Se tendió sobre su espalda, luego se puso de lado y empezó a llorar grave y compulsivamente. Aunque no sabía por qué, pero lloraba como un niño estúpido tal vez simplemente porque ya era hora de llorar. Refugiado en sus desconsuelos, no pareció muy espantado cuando la sombra putrefacta cruzó por sus narices y dio el paso por la ventana para abandonarse en los precipicios de la irrealidad para siempre. Él solo atinó a seguir a la visión con esa mirada ausente de los hombres que se reconocen ajenos a la razón.

. . .

A esa misma hora, el baterista de una banda de rock se encontraba ebrio, solo y sosteniendo unos audífonos en la mano contemplando el oscuro fondo de un precipicio que seducía su razón. Lanzó los audífonos al barranco, el sonido se fue perdiendo en la distancia de los golpes en caída libre. “Perdóname”, se oyó desde atrás. A veinte pasos de él asomaba la delicada figura de su, desde hace unas horas, “ex”.
- ¿Qué haces loco?
- Me dejaste. – le levantó el índice sobre la cabeza - Y también me llamaste así: “loco”. Yo vi eso. Yo vi a esa cosa detrás de ese tipo.
- Lo único que vi yo es a mi querido amor rodeado por una sarta de arpías. – lo tomó de la cintura- Ya pasó. Además yo no te dejo; nunca te dejo.
- Pero… Entonces…
- Ya, vámonos de aquí…
Arrastrando sus zapatillas, fue recogiendo sus pasos en ese lugar mientras dejaba caer su cabeza sobre el pequeño hombro de su salvadora.
- Ya pasó, mi chiquitín.




CUESTIONARIO
1. EN CUANTO A LOS TRES RELATOS, ESTÁN ENVUELTOS EN UNA ATMÓSFERA DE MISTERIO Y ANGUSTIAS. ¿CREES QUE ESTO LO HACE INTERESANTE O CREES QUE NO ES ASÍ? FUNDAMENTA TU RESPUESTA.
2. ¿CON CUAL DE LOS DISTINTOS PERSONAJES DE LAS TRES HISTORIAS TE SIENTES MÁS IDENTIFICADO? ¿POR QUÉ?
3. PARA CADA UNO DE LOS RELATOS EXISTE UNA TRAMA Y PROBLEMA QUE VIVEN LOS PERSONAJES, A LOS CUALES ENFRENTAR. ESCRIBE CUÁL ES EL PROBLEMA QUE CADA RELATO POR SEPARADO TIENE. ANÓTALO EN TU CUADERNO.



BAUDELAIRE Y LAS ARISTAS DEL MAL

UN POETA MALDITO


Desentrañar la historia y la naturaleza de la obra conocida delPOETA MALDITO mayor es una tarea que exige análisis del entorno y evolución del autor y su obra. Es de común conocimiento que él fue denominado poeta maldito por haber publicado junto a otros célebres poetas (léase como Verlaine y Rimbaud) en una revista de igual nombre.
Pero ¿de dónde la insana práctica de hurgar en las entrañas del recelo y la insistencia de los abismos del mal? Como siempre, las razones vienen de la vida que enmarcó al autor.



Siempre marginado en los cuadros de literatos que nos legara su tiempo, Charles Baudelaire es a la poesía lo que Marcel Proust a la novela: el umbral de una nueva concepción del género. De ahí que la crítica especializada insista en que la grandeza de su obra se estudie dejando al margen el tremendismo de su biografía. No siendo el propósito de esta serie de artículos el análisis pormenorizado de las creaciones, sino el perfil biográfico de quienes las alumbraron, dejaremos el comentario de los textos para plumas más elevadas que la nuestra, concretándonos, por nuestra parte, a dar cuenta de la atormentada existencia del poeta. Si Paul Verlaine se refiere a Baudelaire como el representante por excelencia del "hombre moderno", lo hace porque ve en él –a quien con el correr del tiempo incluiría en su nómina de poetas malditos– "los refinamientos de una civilización excesiva, con sus sentidos aguzados y vibrantes, su espíritu dolorosamente sutil, su sangre quemada por el alcohol; en una palabra: el biblio-nervioso por excelencia, como diría H. Taine".

Enfermo de sífilis
Nacido en la calle Hautefeuille de París en 1821, apenas contaba el futuro poeta 6 años cuando murió su padre. Una año después, su madre casó en segundas nupcias con el coronel Aupick, quien profesaría el mismo odio a su hijastro que su hijastro a él. Indiscutiblemente, si en efecto lo hubiese habido, sería en ese segundo matrimonio de su madre donde deberíamos buscar el origen de ese complejo de Edipo que le atribuyen algunos comentaristas. En cualquier caso, expulsado en 1839 del colegio Louis-leGrand, internado donde cursó sus primeros estudios, simultaneó los de Derecho con los días de bohemia juvenil. Fue entonces cuando contrajo la sífilis, cuyas secuelas arrastraría hasta el final de sus días. Los constantes escándalos del poeta, quien ya empieza a escribir sus primeros versos, hacen que su padrastro lo envíe a la India: sólo llegaría hasta la isla Mauricio. De allí volverá con dos poemas, posteriormente incluidos en "Las flores del mal": "A una dama criolla" y "El viaje". Otra vez en París (1842), ya en disposición de la fortuna que ha heredado de su padre biológico, Baudelaire conoce a Jeanne Duval -una mulata que será la más querida de sus amantes- a Théophile Gautier -el escritor que más admiró- y se entrega a cuantas disipaciones ofrece la vida parisina. Dandi con la misma entrega que pone al emborracharse, al fumar hachís y al comer opio, se pasea por los Campos Elíseos con el pelo teñido de verde. Habida cuenta de la manera en que dilapida su herencia, en 1844 su familia entablará un proceso judicial para hacerse cargo del dinero. Reconocido antes por crítico que por poeta, publica sus primeros artículos sobre arte con motivo del Salón de 1845. No acaban de convencerle, lo que, sumado a su situación familiar, le llevará a protagonizar un intento de suicidio. Tras la publicación de "La Fanfarlo", (1847), novela cuyo protagonista -Samuel Cramer-, trasunto de el propio escritor, está tan pagado de sí mismo que, cuando llora, se mira al espejo, aparecen las primeras traducciones de Poe (1848). Ese mismo año, participa en el conato de revolución estallado en París: exhorta a sus compañeros a matar a su padrastro.

Condenado
Fruto de su experiencia con el cáñamo es el ensayo Del vino y del hachís (1851). La primera edición de "La flores del mal", título bajo el que reunió toda su producción poética, data de 1857. A grandes rasgos, los tratado en los poemas puede definirse como el retrato de los diversos estados anímicos que llevaron al poeta a una desesperada angustia, de la que buscó en vano consuelo en el alcohol y las drogas. La conmoción que el libro causa entre los bienpensantes, hace que "Le Figaro" pida su condena. Será el mismo fiscal que antaño condenara a Flaubert, por escribir una inmoralidad como "Madame Bovary", quien condene ahora a Baudelaire a la supresión de varios poemas. Entretanto, la situación económica del poeta va siendo cada vez más difícil.

La primera parte de "Los paraísos artificiales", título tomado de una tienda de flores, es un lúcido trabajo sobre su experiencia con las drogas que aparece en el 58. Tras un ensayo sobre Gautier dado a la estampa en el 59, la segunda parte de "Los paraísos..." aparece en 1860. Cinco años después, Mallarme y Verlaine comienzan a reconocer en Baudelaire a uno de sus maestros. En 1866, una nueva edición de "Las flores..." llega a las librerías. Meses después, mientras se encuentra en Bélgica pronunciando una conferencia, Charles-Pierre Baudelaire sufre una parálisis acompañada de una fuerte afasia. Su madre hace que le lleven de nuevo a París. El patriarca de los poetas malditos murió en la misma ciudad que le viera nacer el 31 de agosto de 1867, después de haber sufrido una larga y dolorosa agonía y de haber perdido el habla.

ACTIVIDAD
1. ¿Cuáles fueron las razones por la que Baudelaire fue denominadopoeta maldito?
2. ¿Quiénes fueron, además, denominados poetas malditos?
3. Describa las degeneraciones que acompañaron la vida de este poeta durante su vida.
4. Averigüe qué otras circunstancias se añadieron para llamar a este grupo de poetas franceses como malditos.
5. ¿Qué opinas de las diversas razones que hubieron para condenar a Baudelaire judicialmente?
6. ¿Qué aspectos de la vida de este artista te paracen reprobables?