lunes, 10 de enero de 2011

TEATRO ESPAÑOL DEL RENACIMIENTO

LA VIDA ES SUEÑO
Pedro Calderón de la Barca
MONÓLOGO DE SEGISMUNDO


En escena...


Descúbrese SEGISMUNDO con una cadena y la luz vestido de
pieles

SEGISMUNDO:¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
--dejando a una parte, cielos,
el delito del nacer--,
¿qué más os pude ofender,
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que no yo gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que dejan en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
--gracias al docto pincel--,
cuando, atrevido y crüel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huída;
¿y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegios tan süave
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?

ROSAURA: Temor y piedad en mí
sus razones han causado.

SEGISMUNDO:¿Quién mis voces ha escuchado?
¿Es Clotaldo?

CLARÍN: Di que sí.

ROSAURA: No es sino un triste, ¡ay de mí!,
que en estas bóvedas frías
oyó tus melancolías.

SEGISMUNDO:Pues la muerte te daré
porque no sepas que sé
que sabes flaquezas mías.
Sólo porque me has oído,
entre mis membrudos brazos
te tengo de hacer pedazos.

CLARÍN: Yo soy sordo, y no he podido
escucharte.

ROSAURA: Si has nacido
humano, baste el postrarme
a tus pies para librarme.

SEGISMUNDO:Tu voz pudo enternecerme,
tu presencia suspenderme,
y tu respeto turbarme.
¿Quién eres? Que aunque yo aquí
tan poco del mundo sé,
que cuna y sepulcro fue
esta torre para mí;
y aunque desde que nací
--si esto es nacer-- sólo advierto
eres rústico desierto
donde miserable vivo,
siendo un esqueleto vivo,
siendo un animado muerte.
Y aunque nunca vi ni hablé
sino a un hombre solamente
que aquí mis desdichas siente,
por quien las noticias sé
del cielo y tierra; y aunque
aquí, por que más te asombres
y monstruo humano me nombres,
este asombros y quimeras,
soy un hombre de las fieras
y una fiera de los hombres.
Y aunque en desdichas tan graves,
la política he estudiado,
de los brutos enseñado,
advertido de las aves,
y de los astros süaves
los círculos he medido,
tú sólo, tú has suspendido
la pasión a mis enojos,
la suspensión a mis ojos,
la admiración al oído.
Con cada vez que te veo
nueva admiración me das,
y cuando te miro más,
aun más mirarte deseo.
Ojos hidrópicos creo
que mis ojos deben ser;
pues cuando es muerte el beber,
beben más, y de esta suerte,
viendo que el ver me da muerte,
estoy muriendo por ver.
Pero véate yo y muera;
que no sé, rendido ya,
si el verte muerte me da,
el no verte ¿qué me diera?
Fuera más que muerte fiera,
ira, rabia y dolor fuerte
fuera vida. De esta suerte
su rigor he ponderado,
pues dar vida a una desdichado
es dar a un dichoso muerte.

ROSAURA: Con asombro de mirarte,
con admiración de oírte,
ni sé qué pueda decirte,
ni qué pueda preguntarte;
sólo diré que a esta parte
hoy el cielo me ha guïado
para haberme consolado,
si consuelo puede ser
del que es desdichado, ver
a otro que es más desdichado.
Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que comía.
¿Habrá otro --entre sí decía--
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.
Quejoso de la fortuna
yo en este mundo vivía,
y cuando entre mí decía:
¿Habrá otra persona alguna
de suerte más importuna?,
piadoso me has respondido;
pues volviendo en mi sentido,
hallo que las penas mías,
para hacerlas tú alegrías
las hubieras recogido.
CUESTIONARIO
1. ¿Qué angustias atormentan a Segismundo en este cautiverio?
2. Tiene alguna explicación la inesperada ternura o compasión que de pronto Rosaura siente por el "prisionero"?
3. Explique la frase "¿y yo, con más albedrío/ tengo menos libertad?".
4. Considerando el argumento general de la obra, ¿cómo se justifica la situación de Segismundo?
5. Reflexione: y ¿cómo saber que la vida no es un sueño?

VIAJES PARALELOS




ELEMENTOS Y TIPOS DE CUENTO

A continuación hallarás tres narraciones. Al pie se encuentran las actividades a resolver.



EL ALBATROS


Siempre las ideas que sostenemos con firmes argumentos son nuestra mejor defensa para erigir tal o cual afirmación (o negación). Siempre es así. Son nuestros baluartes para iluminar a cualquier persona incrédula o confundida. Pero este principio epistemológico no era más que basura, ahora que estaba próximo a que me envíen a un encierro eterno, allá en la isla más ignota para una muerte lenta. Y digo muerte lenta, que es lo mejor que me podría pasar, lo mas seguro es que me termine creyendo el Chorri Palacios o un albatros aprendiendo a volar. Son así de inconsistentes las palabras cuando te han condenado como subversivo (Ellos dicen que lo soy),. Mis réplicas a sus acusaciones solo generan una mueca indiferente, un escozor en la oreja, o simple y llana indiferencia: beben su agua mineral y ya está. Se les ve tan regios. Mi familia, o lo que queda de ella, es solo mi hermana Teo, consiguió ponerme un abogado, que me ausculta bajo esas nigérrimas cejas desde el ala derecha de la sala, sin musitar nada. Sus brazos regordetes sostienen un enorme portafolio sobre su vientre convexo. A veces, más me da la impresión que anda reculando otras casos más que el mío; es más, alguna vez lo he sorprendido con los ojos apenas abiertos y medio inconciente. Incluso estoy seguro que él es conciente que mi caso está perdido.
“¿Estudio en San Marcos?”// “Sí, es cierto señor”.
Cómo no voy a decir que sí. Allí conocí a Cristina, a Lucha a Peluca Santibáñez, a Folche y al amor de mi vida, Edelmira. Allí supe de Freud, de metafísica, de estudiar sin tener un bocado en el estómago hasta al anochecer, supe de las ideas iconoclastas de Gonzáles Prada, del “perdido” Valdelomar, así lo llamaba el doctor Miguel Soto: nuestro profesor (el hombre era una enciclopedia), incluso conocía a Bryce la vez que vino a visitar e inaugurar la biblioteca de Sociales; supe de las chelas heladas del bar, allá en el segundo piso de “ El zúngaro” , supe de las hembritas que , providencialmente veíamos venir de la Católica, hacían las delicias de todos mis amigos, supe de nuestros sábados peloteros en la canchita de derecho( siempre llegaba sucio a casa). Cómo negar que soy de San Marcos.
“¿Qué hacía Ud. con Manuel Mujica y Filemón Ticses?” Ah, los buenos de Manolito y el File, eran mis compañeros en un grupo de música latinoamericana allá cuando era un adolescente. Yo era un conocedor en el arte de soplar las cañas de una zampoña. Siempre esperaba con ansias los fines de semana para reunirnos y tocar alguna tonada de Bolivia o Puno. La verdad me distendía mucho, además de tener una afición innata por las melodías, definitivamente siempre fui un melómano incurable. Claro esta, con los años mis gustos musicales fueron cambiando: Beatles, Paul Simon hasta Pink Floyd y la música etérea para mis meditaciones astrales. Mientras decía o reflexionaba sobre estas cosas, noté en el semblante de mi hermana una pena y angustia en zozobra (si hubiera podido saber que hace dos días Manolo y el File habían caído con pertrechos, hubiera dicho algunas cosas y obviado otras).
- ¿Qué hacia Ud. con ellos?
- Pero, por que insiste tanto con ellos.
- Limítese a responder.
- Bueno………. Lo dicho, tocábamos.
Un par de veces tocamos en el aniversario de cruz de Motupe. Este era un asentamiento humano en las laderas de un cerro por independencia. Recuerdo que en una de esas mientras los pobladores bailaban en una ronda, mis diecisietes años fueron jalados por una chola a la ronda y terminé bailando mientras el grupo no cesaba de tocar, aun con más bríos al verme bailar. Fue muy bonito estar allí. Aquella vez pude contemplar al grupo en tercera persona, y valgan verdades, las cañas y el bombo, acompañadas de las dulces cuerdas del charanguito de Manolo, eran los vientos mismos del ande estrellándose en compases inmensos, contra el ichu y los caudalosos ríos allá en las alturas del hombre de bronce. Creo que esta convicción fue la que me llevó a querer a este grupo. Aun escucho la voz del File y Eduardo repitiéndome: toca con el estomago. Éramos los Llactarunas.
Edelmira, donde estarás. Mi corazón se siente muy solo. En esta sala hace mucho frío y hay miradas apuntándome con todos sus fuegos. Creo que mi hermana mugía tu nombre en las cuatro sílabas que me dirigió antes de señalarme a la puerta del guardia que da a la calle. Quisiera volar a ti. No me sirven las pelotas ¿sabes? Te imagino detrás de esa puerta con tus enormes ojos y tus frases reinventadas, pidiendo a todos por mí. No, mi amor; no dejes el trabajo a Dios en vano; lo mío es inexorable. Solo recíbeme en tu pecho. Tal vez pudiera ser dos y salir de aquí buscando el vino.
- ¿Alguna vez Ud. usó algún arma o guardó alguna consigo?
- Jamás.-La acusación y no la pregunta, me rehizo.- Nunca he tomado un arma, señor.
Siempre le he temido a las armas, solo el imaginar su frío acero en mis manos me aterra. Siempre he tenido en claro que son instrumentos de muerte, y yo le temo al proyectil, a los explosivos, al despedazamiento. Nunca podría usar un arma, me resultan bestias durmiendo, y no quiero saber de su ferocidad apretada a un gatillo. Uno de los magistrados de la mesa estaba acodado, con las manos entrelazadas y haciendo bailotear a sus pulgares. Me miraba fijamente, mientras yo respondía a esta pregunta. Creí toparme con una mirada que, dentro de las otras contemplaba la posibilidad de empezarme a creer. Su mirada se perdía en mi contemplación como debatiéndose en la calma que significa una sombra en plena canícula. Perdió el trance en un par de segundos cuando su colega le golpeó con el codo y le musitó algunas cosas al oído. Me hallaba perdido. Mi libertad parecía haberse alejado en un capricho de alguna voluntad inconmensurablemente mordaz. En ese momento llegué a comprender que debía seguir a todas las esperanzas que me quedaban aferrándome con el resto de energía que aún era capaz de poseer. Debía seguir a los delfines. Era ya el atardecer. Un sol tibio podía verse por las ventanas laterales. Los puntos cardinales en que oscila mi existencia habían adquirido una ligereza sorprendente. Percibo la brisa surcando por mis parpados, percibo la distancia que se va abriendo entre mis reflexiones y el cemento yerto. Mi cabeza va buscando instintivamente un cerúleo límite.
Los hombres que estaban en el blanco salón hablaban y miraban a aquel otro que yacía estático en esa silla silente. Debe estar pasando algo muy triste pues una mujer llora en silencio detrás de una puerta y otra se debate en aflicciones más acá de mi partida, de mi crisálida y de mi interno continente. No creo haber sido crisálida, el sol revitaliza mis alas blancas, enormes como el techo de una palmera. Más allá de sus preguntas busco el mar. Voy surcando diminutos puntos en la tierra. Es increíble lo bien que se siente respirar más allá de los dos u ochos metros: el aire es libre. Por fin puedo divisar el mar rumbo a la ignota isla a donde llevan al hombre enmarrocado al acero y a unas acusaciones que jamás se descifrarán.




AVE NOCTURNA

Llamaremos prosaica a esta historia que no tiene más misterios que la idea que hurga entre tinieblas. Mara había conducido su vida entre tantas dudas que su pericia en el manejo de voluntades era de por sí muy inestable.
La tarde en que partió de su cuarto estaba tan gris, tan fría que no asomó más calor en la calle que la contemplaba que el suyo propio. Contorneaba su frágil figura en las calles, algunos muchachos que la conocían le lanzaban frases muy calientes y otros, los de menos vulgaridad, oscurecíanse preparando una frase impródigamente preparada. Más ella estaba ya acostumbrada a este tipo de trato de hombres con repertorios incluso más densos que aquellos. Seriamente había pensado muchas veces irse de aquel lugar que olía a un ordinario bastión de voluntades menores. Avanzaba entre los estribillos de hombres y la caía de una garúa típica en esta época del año. Las manos en su breve casaca tocaban esa única llave que le abriría la puerta al regreso de esta nueva experiencia.
Sentada en la combi limeña, apoyaba su mirada en los turbios cristales del lado derecho del asiento. Su piel lozana y blanca no se conmovía ante el cada vez más desolador frío. Pensaba en el pequeño tesoro que había dejado en casa. “Pórtate bien. No hagas las cosas que me molestan”, le había dicho al pequeño suspiro que le alegraba los días y las tardes solitarias. Sin embargo, en algún ángulo de su memoria también lo recordaba a él. “¿Qué estará haciendo? Con qué tipa andará por ahora”. Criaturas multiformes pasaban por su mente, sitiándola en el desamparo de la desolación. En la radio del bólido sonaba Chambao cantando aquella canción que no se animaba a tararear. Una voz tan apurada como inoportuna interrumpió sin delación su ensimismamiento para pedirle las monedas del servicio. Contó las monedase exactas y volvió a sus cavilaciones. Reacomodó sus lacios cabellos, se frotó las manos para volverlas a introducir en los bolsillos altos. Sin embargo, sacando una volvió a escribir entre la humedad interior del vidrio aquella frase que la última vez pudo ver escrita en otro cristal: “Eres mi amor irracional”. Al verla escrita, la volvió a enturbiar con el aliento cálido de sus entrañas. Sentía que algo faltaba, no recordaba el fragmento faltante; aún así la volvía a escribir y escribir en ejercicio ya casi monótono como inútil contra el calor humano. Alzó la mirada para percatarse del lugar en el que se hallaba. Todavía faltaba un tramo. Revisó su celular. Nada.
Ya en la vereda, se alejó de la muchedumbre, ya en un lado, tecleó las palabras para avisar que ya lo esperaba. Estaba allí, no lo podía creer: lo volvería a ver. No era lo correcto, era conciente de ello; pero deseaba verlo. Muchas de las palabras suyas habían quedado dentro de ella. Las formas, los sonidos, los gestos habíanse incorporado en su ser. A pesar de haber enviado recién el mensaje, sentía que el tiempo estaba pasando muy lento. Sus pisadas deambulaban de un lado a otro, hubiera querido irse, pero no. Ya estaba allí y por alguna extraña razón su corazón se iba acelerando. Por fin llegó en el mensaje. Estaba en camino. Lo vio. Subió a su derecha. Él la tomó de las manos y se fueron pediendo entre las calles de la gran ciudad. Estacionados en algún lugar, los besos fueron y llegaron, las miradas, las risas, los deseos compulsivos. La noche ya no era tan fría. Durmieron. Se despertaron. Los disgustos eran tan efímeros como la caída de una gota más sobre los techos. A pesar de no haber copulado, se sintieron muy felices de saberse el uno al lado del otro. Contemplada se sentía feliz, por la comisura de sus labios, mientras sonreía, siempre se dibujaba una sonrisa que cada vez se iba haciendo más permanente. Algunas horas antes de que asomara la luz del alba, Mara se interrogó si él era el hombre que había estado esperando durante el desastre que había estado señalándose en su destino para la eternidad. Ya se lo había pedido. Ella estaba muy sensible a esos temas. La palabra “formalizar” le daba miedo. Un pánico se apoderaba de sus formas cuando la sabía cercana. A vez, lo quería cerca, lo más que pudiera. La cercanía sería la circunstancia que condenaba su espíritu a los abismos de la soledad. Así, lo vio dormir. Contempló sus ojos cerrados, sus pupilas dilatadas y sus manos inmóviles. Las de él, el otro eran más grandes. Tomó sus llaves, introdujo el celular en su bolsillo izquierdo y salió del auto. No pensaba en nada. Cerró la puerta apenas con fuerza y tomó la vereda contraria. Avanzó a oscuras una, dos, tres…cuadras inacabables. Veía por entre los postes si alguna sombra se acercaba. Nadie. “Mamita, no te vayas”. No hizo caso a la conciencia. Avanzó por aquellas calles que en su vida había pisado. Realmente no sabía dónde estaba. Quería huir, salir de todo ese marasmo en el que se había convertido su vida. Le daba pena contemplarse en sus visiones personales. Su tesoro le volvió a resonar en la cabeza. Ella necesitaba protección, pero su hija necesitaba más de ella, mucho más. Quiso retroceder, ahora en verdad, quería huir, pero ya estaba demasiado lejos de donde empezó su extraviado paso.
A lo lejos, tres hombres conversaban en una esquina. Sin poder verlos aún, supo que alguna presencia estaba cerca. Se detuvo, respiró con profusión. La esquina amarilla a la que había llegado se sostenía en la luz que el pálido poste de luz glorificaba. Unos paneles cercanos vivificaban su presencia por lo que era imposible que “los de allá” no la hayan visto. Se inquietaron y empezaron tomar decisiones. Se empezaron a mover. Los pasos iniciales. Solitaria en esas calles de espanto, corrió por una esquina opuesta. Algunos autos pasaron por allí, ninguno se detuvo. Se guareció detrás de un pequeño muro que protegía a una casa de las aguas que en época de lluvia bajaban de los lados altos de esa calle. Protegida por unos arbustos, sintió su cuerpo tiritar. Quería desvanecerse y ser un espíritu que arranque en vuelo e ir a la cama donde dormía su preciosa. Escapar se hacía imperativo. No podía, debía quedarse inmóvil. Ya no había marcha atrás. Metió la cabeza entre sus piernas encogida en sí misma. Nunca la levantó. El blue jean se hizo tan delgado como papel arroz por el frío del suelo. Las gotas del rocío se empezaban a formar en las hojas de las plantitas circundantes. Creyó que había pasado buen rato. Se incorporó con cuidado y empezó a dar los primeros pasos. “Calle Avutardas” decía el letrero en el que se había cobijado. La pequeñez de su silueta la había favorecido. Su rostro frío se veía pálido y sentía las manos congeladas; decidió emprender el regreso, buscar la salida de todo esto. La idea no fue buena, nunca lo fue. Un dolorcillo le molestaba en una de las nalgas. La dureza del suelo y la llave entre ella le había dejado muy sensible aquel punto específico. Era corta de vista, pero explorando esa calle, no vio a nadie. Mucho más calmada, decidió esperara a que amaneciera. No se animó a levantarle la mano a ningún conductor a pesar que algunos de ellos se detenían frente a ella y, otros, los más audaces, bajaban la velocidad para decirle cosas terribles. Ella ni se inmutaba. Veía sin ver. Más allá, en un paradero, se sentó. El cansancio la vencía. Sintió alivió, pero decidió seguir caminando pues se enfriaba más detenida. Llegó al filo de esta nueva avenida desconocida. Extrañamente creyó ver a niños solos en la avenida opuesta. Caminó un poco hacia ese lado. Uno llevaba ropa amarilla y otro, una camiseta negra. Incluso creyó ver a otro de blanco que yacía detenido. Estaban solos “¿Cómo puede eso ser? Habrá gente tan insensible que no entiende que los niños no tienen más misión que la de ser felices”. Condenó a los padres de esas criaturas que se debatían en juegos al lado de lo que parecía un contenedor de deshechos. “Ángel bueno, llévatelos. Y con ellos, llévame a mí”. Una lágrima resbaló por su níveo rostro. Se conmovió hondamente imaginando algún pasado que le sabía familiar al personal. Desconsolada, los volvió a mirar. El flaco consuelo llegó cuando uno de ellos cruzó la pista hacia ella y pudo ver con claridad de que eran perros vagabundos. Éste, el amarillo se detuvo cerca de ella y ladró, al empezar esto, alguien la tomó desde atrás. Apenas pudo verlo: era él. Así, cayó desvanecida.
La blancura de la vida siempre es un solaz. Así, con él, el tiempo transcurre generoso y bueno. Todos tienen un fin en la vida, unos para tener proyectos más grandes que otros; pero Mara tenía los propios, sin duda. Buscó refugio en los actos equivocados de la reacción, había tomado muchas cosas sin mayor aplomo; las experiencias pudieron haberla marcado implacablemente, pero a cambio le dio otras razones por las cuales aun no había cumplido la misión. Ahora que descansaba, su respiración había cambiado. Su lenidad se rehizo. Oía melodías cercanas, pisadas. Las pisadas dieron paso a la bondad de aquella voz que en sus peores experiencias la habían conmovido: “Hola mamita ¿Me escuchas?”. Apenas abrió los ojos, puedo ver a su princesa en esa habitación. Esta vez, la lágrima que se liberó de sus pupilas era una lágrima de esperanza. La niña la abrazó hasta el cielo mismo.






LOS ESPECTROS SI CONOCEN DE ORGULLO

“Que alguien me vea un instante existir”
Dolores Delirio


Normalmente, en el lugar tan alto que se encontraba su habitación, era ordinario que las voces de los vecinos de los diversos lados se cuelen y armen una especie de coro tan multicolor como multidireccional en una consonancia más bien acogedora. Esto no solía ocurrir cuando alguno de los vecinos tenía alguna discusión, pues en esos momentos, los nervios se crispaban en la paz que tanto anhelaba. Las discusiones siempre llegaban de la pareja de vecinos que vivía a la espalda de su habitación. La mujer despotricaba en palabrotas hacia el ingrávido marido que al parecer tenía afición por la bebida y llegar a deshoras a casa. Lo que realmente le apenada era que dos niñines, que de cuando en cuando gesticulaban mientras jugaban, tenían que oír toda la furia que su madre condensaba.
En esa mañana se encontraba ojeando una novela de un autor que recién quería conocer, y si le gustaba, reconocer. Solo se oía la tierna voz del niño que hacía sus balbuceos de bebé en el piso de abajo mientras su madre le conversaba. Tendido sobre su cama, su ventana podía delatar que el sol de hoy sería insufriblemente atroz. Ya se veía sudado en cuellos y vientre si esto seguía así. Era la temporada que más odiaba.
“Perdón” fue la voz. Se incorporó. La voz se oyó tan cercana que debía haber sido dicha a casi un metro de sus oídos. Se estremeció. Creyó reconocer la voz. Era de Ella.
Intentando recuperarse de la turbación, pensó, “Será que se está despidiendo. ¿Se irá a morir”. Los dichos de los mayores de su familia decían que los prontos a morirse recogen sus pasos. Fue a su salita, ya frente al teléfono, levantó el auricular y digitó los números harto conocidos. Al finalizar el primer timbrido, colgó. Su interior estaba aún llenó de represión que no terminaba de ahogarse. Se sentó. Suspiró unos segundos y luego de contemplar la ruma de libros que yacían sobre el mustio escritorio, levantó el auricular y marcó de nuevo. “Hola Lucho, cómo estás. Oye Huevín, qué hay en la noche. ¿Así? Bueno, ¿qué flacas van a ir? Ok. Me pasas la voz”. Rápidamente desdibujó la sonrisa hipócrita que de agrado no tenía absolutamente nada. Metió la cabeza entre las piernas. Agachado, se sintió un cobarde. Pero no, su orgullo era más. No la llamaría, ¿no se merecería que la importancia de su existencia sea verificada con el clamor de la ligera piedad?

. . .

- Ya terminó Dolores, vámonos de aquí.
- Ya va
Junior recogía su casa negra de los guardarropas confundido entre las luces del lugar. Dio media vuelta y se disponían a salir. Él sorbió lo que quedaba de la cerveza y cruzó la puerta.
- ¡Sellos? Nada. Así nomás- Le dijo a alguien y caminó por la acera nocturna
- Por si acaso –dijo su compañero dejándose estampar el brazo- ¿Qué tal si ahorita aparece el Cabecilla Lucho y reingresamos? ¿Quién te dice que en este preciso momento se aparece?
- Ya sube compa’re- le dijo desde dentro del auto.- La seguimos en el barrio. Aquí no pasa nada. Mucha gente alzadita; me jode eso.
- Sí. Vámonos. Cómo la malogró todo Lucho.
- Ya déjalo; está con su flaca. Tiene derecho.
- Mira, me alcanzaron este volante. Próximo concierto de Dolores Delirio en el Bash Bar. La hacemos linda allí. Porque con estos monses de ¿cómo se llaman estos que iban a tocar? Hey, ¿me estás escuchando?
- Estoy manejando.
El rictus que mostraba podríase creer que delataba su estado de ebriedad. Sin embargo, estaba pensado mucho en aquello. La serenidad de la noche le daba márgenes más amplios para la reflexión. Ahora debía manejar esto. Ni la pista ni la incipiente garúa limeña lo iban a derrotar.
-O’e, ponte Timidez, ésa es bien profunda.
- Ponla tú. Agarra el control: “Tú dices que quieres existir…que me amas…que…”
Apagó la canción estirando la mano sobre el auto radio.
- ¿Qué pasa huevín? Ponla… Te pones en un plan bien cojudo.
- No jodas.

. . .

Se puso el pequeño guante negro en la mano izquierda y preguntó a Ricardo si ya era hora. No le respondió de buen agrado, pero el caminar del resto de sus compañeros le anunció que ya salían. El ruido era ensordecedor. El cariño de su público siempre lo conmovía. Como batero, Josué sacó las baquetas desde debajo de la silla y empezó el delirio. Los audífonos no se movían de su cabeza, a pesar de los múltiples movimientos nerviosos que su música le empujaba a hacer. Abajo, el público se relamía en las delicias de la guitarra de Jeffrey y las entradas vocales de Ricardo. Muchas caras, muchas melenas brincando por aquí y por allá, gritos, alaridos humanos blandían en la atmósfera. Las sombras parecían moverse entre tantos cuerpos y voces. Golpeaba cada nota con una pericia personal. Una mano que se difuminaba entre los tambores, a ratos parecía que no era la suya. El vértigo de los movimientos turbaba su vista. Las luces debían estar causando este efecto. En un intermedio de canciones, Jeffrey lo notó perturbado y se le acercó.
- Ta’ mare, estás sangrando aquí ¿Qué te has hecho? – le tocó una ceja, y le mostró algo que parecía ser un líquido rojizo.
De inmediato, Josué saltó de su silla. Se tocó la ceja derecha, se la frotó con cuidado para no empeorar la situación. No pudo notar la mancha nuevamente. Lo hizo de nuevo con el borde de su bibidí, pero reparó en que éste era de un azul muy oscuro y que difícilmente iría a notar algo entre el fragor de tantas luces centelleantes. Levantó la mirada hacia Jeffrey y lo vio todo. Éste se deshacía en risas de espaldas al público y con los ojos chinos de risa.
- Es ketchup ¡Qué lornaza eres!
Le hubiera dado un sopapo en la cabeza por la gracia, pero se vio obligado a volver a su lugar porque Ricardo estaba anunciando el próximo tema. Se acomodó los audífonos y empezó el tropel de notas.
Todo acabó. El concierto había sido muy bueno. Sentía sed e iba por otra botella de San Mateo. Ya se quitaba los audífonos, y los vio salir. Detrás del último muchacho que se retiraba estaba ese ser pútrido y horrendo que le lamía la nuca.
- Mira eso- le inquirió a su compañero.
- ¿Tú que dijiste? Ya se la hice. Recontramonse.
- No, de verdad huevón. Mira esa vaina que está detrás del pata.
- Ya pela’o, deja eso. –pidió Jeffrey a la vez que bajaba del escenario y tomó el agua de botella que le alcanzaban. Josué siguió arriba pasmado.
- Se fueron. – se dijo sin que nadie lo escuche.
Cuando por fin bajó, se le notaba severamente estupefacto, inexpresivo. Se dispuso a salir detrás de su “tenebrosa visión”. Una mano lo tomó del hombro, otra del vientre. Eran las chicas del club de fans. Desde un costado llegó su enamorada hallándolo en tal embarazosa situación. Josué no dijo nada porque no sentía ni pensaba nada, su mirada apuntaba a esa puerta turbulenta de tantos colores y luces. Intentó deshacerse de los brazos y de la mirada acusadora. Nunca pudo desprenderse de ellas ni de los clicks de las cámaras ni de los lapiceros con los papelitos y la inquietud de su amor enrojecido.
- Hey, Josué, subes después.- Alcanzó a oír la voz de un amigo suyo, desde algún lado de la oscuridad.

. . .

Se tiró sobre su cama. La cara escondida entre las sábanas, intentó estirar las manos hacia atrás. Alcanzó sus zapatos de espaldas, desataba los pasadores: uno a uno ambos zapatos fueron cayendo.
- ¿Qué esperas? ¿Acaso quieres que me tienda a tus pies a pedirte perdón? No. Estás muy equivocado. Cuando una relación empieza es porque ambos quieren. Y cuando fracasa, la culpa es de los dos, también.
- Cállate. Eres una mala mujer. Jugaste…a sabiendas de todo, jugaste. Largo de aquí…
- Eres malo conmigo.- Ella empezó a derramar las primeras lágrimas.
Tal vez antes se hubiera acercado a consolarla, pero “aquel” último dolor aún aniquilaba su fe, su espíritu destrozado no lo dejaba. Ella se incorporó de su posición.
- No creas que vengo a mendigar tu piedad ni tu perdón. Toma. –le alcanzó una foto de ella. – Rómpela para largarme.
- Con gusto
Y él la hubiera roto si no hubiera despertado viéndose en su cama con toda su ropa puesta, pero descalzo. Sentía frío, aunque todas las ventanas estaban cerradas, sentía mucho frío. Se tendió sobre su espalda, luego se puso de lado y empezó a llorar grave y compulsivamente. Aunque no sabía por qué, pero lloraba como un niño estúpido tal vez simplemente porque ya era hora de llorar. Refugiado en sus desconsuelos, no pareció muy espantado cuando la sombra putrefacta cruzó por sus narices y dio el paso por la ventana para abandonarse en los precipicios de la irrealidad para siempre. Él solo atinó a seguir a la visión con esa mirada ausente de los hombres que se reconocen ajenos a la razón.

. . .

A esa misma hora, el baterista de una banda de rock se encontraba ebrio, solo y sosteniendo unos audífonos en la mano contemplando el oscuro fondo de un precipicio que seducía su razón. Lanzó los audífonos al barranco, el sonido se fue perdiendo en la distancia de los golpes en caída libre. “Perdóname”, se oyó desde atrás. A veinte pasos de él asomaba la delicada figura de su, desde hace unas horas, “ex”.
- ¿Qué haces loco?
- Me dejaste. – le levantó el índice sobre la cabeza - Y también me llamaste así: “loco”. Yo vi eso. Yo vi a esa cosa detrás de ese tipo.
- Lo único que vi yo es a mi querido amor rodeado por una sarta de arpías. – lo tomó de la cintura- Ya pasó. Además yo no te dejo; nunca te dejo.
- Pero… Entonces…
- Ya, vámonos de aquí…
Arrastrando sus zapatillas, fue recogiendo sus pasos en ese lugar mientras dejaba caer su cabeza sobre el pequeño hombro de su salvadora.
- Ya pasó, mi chiquitín.




CUESTIONARIO
1. EN CUANTO A LOS TRES RELATOS, ESTÁN ENVUELTOS EN UNA ATMÓSFERA DE MISTERIO Y ANGUSTIAS. ¿CREES QUE ESTO LO HACE INTERESANTE O CREES QUE NO ES ASÍ? FUNDAMENTA TU RESPUESTA.
2. ¿CON CUAL DE LOS DISTINTOS PERSONAJES DE LAS TRES HISTORIAS TE SIENTES MÁS IDENTIFICADO? ¿POR QUÉ?
3. PARA CADA UNO DE LOS RELATOS EXISTE UNA TRAMA Y PROBLEMA QUE VIVEN LOS PERSONAJES, A LOS CUALES ENFRENTAR. ESCRIBE CUÁL ES EL PROBLEMA QUE CADA RELATO POR SEPARADO TIENE. ANÓTALO EN TU CUADERNO.



BAUDELAIRE Y LAS ARISTAS DEL MAL

UN POETA MALDITO


Desentrañar la historia y la naturaleza de la obra conocida delPOETA MALDITO mayor es una tarea que exige análisis del entorno y evolución del autor y su obra. Es de común conocimiento que él fue denominado poeta maldito por haber publicado junto a otros célebres poetas (léase como Verlaine y Rimbaud) en una revista de igual nombre.
Pero ¿de dónde la insana práctica de hurgar en las entrañas del recelo y la insistencia de los abismos del mal? Como siempre, las razones vienen de la vida que enmarcó al autor.



Siempre marginado en los cuadros de literatos que nos legara su tiempo, Charles Baudelaire es a la poesía lo que Marcel Proust a la novela: el umbral de una nueva concepción del género. De ahí que la crítica especializada insista en que la grandeza de su obra se estudie dejando al margen el tremendismo de su biografía. No siendo el propósito de esta serie de artículos el análisis pormenorizado de las creaciones, sino el perfil biográfico de quienes las alumbraron, dejaremos el comentario de los textos para plumas más elevadas que la nuestra, concretándonos, por nuestra parte, a dar cuenta de la atormentada existencia del poeta. Si Paul Verlaine se refiere a Baudelaire como el representante por excelencia del "hombre moderno", lo hace porque ve en él –a quien con el correr del tiempo incluiría en su nómina de poetas malditos– "los refinamientos de una civilización excesiva, con sus sentidos aguzados y vibrantes, su espíritu dolorosamente sutil, su sangre quemada por el alcohol; en una palabra: el biblio-nervioso por excelencia, como diría H. Taine".

Enfermo de sífilis
Nacido en la calle Hautefeuille de París en 1821, apenas contaba el futuro poeta 6 años cuando murió su padre. Una año después, su madre casó en segundas nupcias con el coronel Aupick, quien profesaría el mismo odio a su hijastro que su hijastro a él. Indiscutiblemente, si en efecto lo hubiese habido, sería en ese segundo matrimonio de su madre donde deberíamos buscar el origen de ese complejo de Edipo que le atribuyen algunos comentaristas. En cualquier caso, expulsado en 1839 del colegio Louis-leGrand, internado donde cursó sus primeros estudios, simultaneó los de Derecho con los días de bohemia juvenil. Fue entonces cuando contrajo la sífilis, cuyas secuelas arrastraría hasta el final de sus días. Los constantes escándalos del poeta, quien ya empieza a escribir sus primeros versos, hacen que su padrastro lo envíe a la India: sólo llegaría hasta la isla Mauricio. De allí volverá con dos poemas, posteriormente incluidos en "Las flores del mal": "A una dama criolla" y "El viaje". Otra vez en París (1842), ya en disposición de la fortuna que ha heredado de su padre biológico, Baudelaire conoce a Jeanne Duval -una mulata que será la más querida de sus amantes- a Théophile Gautier -el escritor que más admiró- y se entrega a cuantas disipaciones ofrece la vida parisina. Dandi con la misma entrega que pone al emborracharse, al fumar hachís y al comer opio, se pasea por los Campos Elíseos con el pelo teñido de verde. Habida cuenta de la manera en que dilapida su herencia, en 1844 su familia entablará un proceso judicial para hacerse cargo del dinero. Reconocido antes por crítico que por poeta, publica sus primeros artículos sobre arte con motivo del Salón de 1845. No acaban de convencerle, lo que, sumado a su situación familiar, le llevará a protagonizar un intento de suicidio. Tras la publicación de "La Fanfarlo", (1847), novela cuyo protagonista -Samuel Cramer-, trasunto de el propio escritor, está tan pagado de sí mismo que, cuando llora, se mira al espejo, aparecen las primeras traducciones de Poe (1848). Ese mismo año, participa en el conato de revolución estallado en París: exhorta a sus compañeros a matar a su padrastro.

Condenado
Fruto de su experiencia con el cáñamo es el ensayo Del vino y del hachís (1851). La primera edición de "La flores del mal", título bajo el que reunió toda su producción poética, data de 1857. A grandes rasgos, los tratado en los poemas puede definirse como el retrato de los diversos estados anímicos que llevaron al poeta a una desesperada angustia, de la que buscó en vano consuelo en el alcohol y las drogas. La conmoción que el libro causa entre los bienpensantes, hace que "Le Figaro" pida su condena. Será el mismo fiscal que antaño condenara a Flaubert, por escribir una inmoralidad como "Madame Bovary", quien condene ahora a Baudelaire a la supresión de varios poemas. Entretanto, la situación económica del poeta va siendo cada vez más difícil.

La primera parte de "Los paraísos artificiales", título tomado de una tienda de flores, es un lúcido trabajo sobre su experiencia con las drogas que aparece en el 58. Tras un ensayo sobre Gautier dado a la estampa en el 59, la segunda parte de "Los paraísos..." aparece en 1860. Cinco años después, Mallarme y Verlaine comienzan a reconocer en Baudelaire a uno de sus maestros. En 1866, una nueva edición de "Las flores..." llega a las librerías. Meses después, mientras se encuentra en Bélgica pronunciando una conferencia, Charles-Pierre Baudelaire sufre una parálisis acompañada de una fuerte afasia. Su madre hace que le lleven de nuevo a París. El patriarca de los poetas malditos murió en la misma ciudad que le viera nacer el 31 de agosto de 1867, después de haber sufrido una larga y dolorosa agonía y de haber perdido el habla.

ACTIVIDAD
1. ¿Cuáles fueron las razones por la que Baudelaire fue denominadopoeta maldito?
2. ¿Quiénes fueron, además, denominados poetas malditos?
3. Describa las degeneraciones que acompañaron la vida de este poeta durante su vida.
4. Averigüe qué otras circunstancias se añadieron para llamar a este grupo de poetas franceses como malditos.
5. ¿Qué opinas de las diversas razones que hubieron para condenar a Baudelaire judicialmente?
6. ¿Qué aspectos de la vida de este artista te paracen reprobables?


domingo, 4 de julio de 2010

Cuentos de Millás

JUAN JOSÉ MILLÁS


Premio Planeta 2007




Mi pierna derecha
Mi padre estaba en el borde de la carretera, junto a su automóvil. Esperaba, con un bidón de plástico en la mano, que alguien lo recogiera. Yo iba en moto, con un casco que me ocultaba la cara. Me detuve junto a él sin identificarme.
—¿Te has quedado sin gasolina? —pregunté.—Sí —respondió.—Sube.
Mi padre subió a la moto sin haberme reconocido. Hacía cinco años que no nos veíamos, ni nos hablábamos. La última vez que nos habíamos dado un abrazo fue en el entierro de mi madre. Después, sin que hubiera sucedido nada entre nosotros, habíamos ido espaciando las llamadas telefónicas hasta que se cortó la comunicación.
Noté cómo agachaba la cabeza para protegerse del aire. Sin duda, reparó en el alza de mi zapato derecho, pues tengo esa pierna un poco más corta que la izquierda. Mi padre me había hablado muchas veces del disgusto que se habían llevado cuando, tras mi nacimiento, el médico les dio la noticia. Yo nunca lo he vivido como un drama, pero siempre me pareció que ellos se sentían culpables por aquellos centímetros de menos, o de más, según se mire: jamás conseguí averiguar cuál de las dos piernas consideraban defectuosa.
Conduzco con mucha agilidad, colándome entre los coches con movimientos que desde algún punto de vista podrían parecer imprudentes. Noté que mi padre, pese al pudor que le daba el contacto con otro hombre, se cogía a mi hombro con la mano izquierda mientras intentaba pegar a su muslo el bidón de plástico que llevaba en la derecha. Supe que no dejaba de mirar el alza del zapato. Sin duda, se habría preguntado por la posibilidad de que yo fuera su hijo. Quizá recordara la sucesión de médicos por los que había pasado, la cadena de radiografías, el rosario de soluciones, para llegar al fin a ese remedio sencillo, mecánico, de colocar un pequeño suplemento en el zapato de la pierna más corta. Entonces, ejerció sobre mi hombro una presión que podría interpretarse como una muestra de afecto a la que no respondí.
Al poco llegamos a la gasolinera, donde se bajó de la moto con el bidón de plástico en la mano. Le dije que no podía llevarlo de regreso hasta su coche y él respondió que no me preocupara, que ya encontraría a alguien. Noté que intentaba ver mi rostro a través de la visera ahumada de mi casco. Esa noche sonó el teléfono un par de veces en mi casa, pero colgaron cuando lo cogí.





Escribir a la contra
Cuando me pregunto si tuve buenos educadores, los imagino a ellos, a mis educadores, preguntándose si tuvieron buenos alumnos. En general, creo que fuimos muy malos los unos para los otros, pero ya no tiene remedio. Entre los que recuerdo, hay un profesor de literatura que nos mandaba hacer unas redacciones curiosísimas. Por ejemplo, si una película nos había gustado mucho, teníamos que decir lo contrario, pero argumentándolo de tal manera que ningún lector fuera capaz de descubrir si mentíamos o decíamos la verdad. Haciendo aquellas redacciones, me di cuenta de que muchas películas que creía que me habían gustado me parecían en realidad detestables. También aprendí que con un poco de talento y práctica se pueden defender las posturas más insostenibles. Todavía utilizo el método de aquel profesor, pues muchos de mis artículos están escritos directamente contra mí. Desconfío tanto de lo que pienso que sólo tengo la impresión de acertar cuando me contradigo.
Cierto día, aquel profesor nos mandó hacer una redacción sobre nuestros padres. Nos pidió que imaginá- 63 ramos que uno de los dos tenía que morir y nosotros debíamos decidir cuál. Durante el recreo, no se habló de otra cosa.
—Yo elegiría a mi padre —decía uno—, pero es el que trae un sueldo a casa.—No te preocupes —replicaba otro—, que tu madre cobrará la pensión.—¿Qué es la pensión? —preguntaba el de más allá.
Yo no sabía a cuál de los dos liquidar. Fantaseé con ambas posibilidades y elegí la que me producía más culpa, pues ya era un experto, o eso creía, en escribir en contra de mis intereses. Maté a mi padre, pues, y obtuve una nota de 9, la más alta de las conseguidas en toda mi vida. Gracias a ella, no suspendí por primera vez en todo el curso la literatura de ese mes. Mi padre me felicitó y me dio un beso. Me parecieron la felicitación y el beso de un condenado a muerte.
Arrastré esa culpa durante años, hasta que el azar y los síntomas me llevaron al diván del psicoanalista y averigüé que todo niño desea matar a su padre para poseer en exclusiva a su madre. Hice, pues, lo correcto y así me lo explicó mi psicoanalista, sugiriendo que no debía culparme por ello. De lo que me culpo ahora es de haber hecho lo previsible. No dejo de preguntarme si, en el caso de haber acabado con mamá, me habrían dado un 10, incluso una matrícula de honor.







Intransigencia horaria
Tuve una novia que detestaba la puntualidad porque le parecía un vicio pequeñoburgués. Por aquella época yo llegaba siempre media hora antes a las citas, no por afán reaccionario, sino por problemas mentales. Creía que si me retrasaba sucedería una catástrofe. Además, la ventaja de llegar dos o tres horas antes al aeropuerto es que si se te ha olvidado el pasaporte puedes volver a casa a por él sin perder el vuelo.
Mi novia no comprendía estas explicaciones y reprochaba con amargura mi aburguesamiento progresivo en unos años en los que la clase media estaba muy mal vista entre la clase media. Le expliqué entonces que siempre llegaba antes de tiempo a las citas para echar un vistazo desde lejos a la esquina en la que había quedado y comprobar que no había movimientos raros en la zona. Había leído muchas novelas de John Le Carré y los espías siempre tomaban esa elemental medida de precaución.
—No querrás que un día averigüen dónde hemosquedado y me detengan.—Pero tú no eres espía —contestaba ella.—Nunca se sabe —respondía yo enigmáticamente.
La ventaja de los espías es que pueden desarrollar toda clase de patologías obsesivas sin llamar la atención. Un agente como Dios manda está obligado, por ejemplo, a dejar cogido un palillo de dientes en la puerta al salir de casa para detectar si alguien entra durante la ausencia. A falta de palillo se puede colocar también un poco de cinta adhesiva en un rincón del quicio. Y aun con todas las precauciones, hay que llevar cuidado con lo que luego se habla en el cuarto de estar, porque pueden haber colocado micrófonos del tamaño de la cabeza de un alfiler en cualquier parte. Antes de iniciar una conversación comprometida, pues, conviene asomarse a la ventana y asegurarse de que no hay en la calle ninguna furgoneta con antenas parabólicas en el techo. Todas las cautelas son pocas.
Una vez acudí a un psiquiatra para curarme de estas irregularidades, que me quitaban mucho tiempo y demasiadas energías. Cuando le conté todo, afirmó que, efectivamente, necesitaba tratamiento. Pero lo dijo de un modo que no me gustó, así que al hacerme la ficha y preguntarme la profesión dije que era espía.
—Entonces usted hace lo que debe. Necesitaría tratamientosi no tomara ninguna precaución.—Eso es lo que yo le digo a mi novia.—¿Pero sabe ella que usted es espía?—Por supuesto que no. ¿Se cree que soy un agenteloco que va contando a todo el mundo que estoy al serviciode la Unión Soviética?
Por entonces existía la Unión Soviética y Madrid estaba lleno de partidos comunistas y partidos de los trabajadores y banderas rojas y chinos y prochinos y procubanos, además de los tradicionales fascistas y de las Jons. La vida era muy difícil, y no estaba al alcance de cualquiera prescindir de estos ritos obsesivos aun a costa de parecer un contrarrevolucionario, o un pequeñoburgués.
El caso es que mi manía por llegar pronto y la pasión de mi novia por llegar tarde enturbiaban mucho nuestras relaciones. Entonces yo, en un rapto de generosidad, sólo por complacerla, juré que llegaría tarde a todas las citas, por lo menos a todas las citas que tuviera con ella. De este modo, las aguas volvieron a su cauce, al cauce de mi novia quiero decir, dejando el mío completamente seco.
Durante las semanas siguientes cumplí mi promesa en dos o tres ocasiones, pero sufría tanto con la superstición de que el mundo se iba a acabar debido a mi tardanza, que en seguida comencé a presentarme a la hora de siempre, ocultándome en los alrededores, para aparecer con cara de recién llegado después de que ella llevara unos minutos esperando. Un día estaba escondido en un portal, controlando la zona del encuentro, y la vi llegar diez minutos antes de la hora. Entonces salí de mi escondite y cuando la llamé pequeñoburguesa me aseguró que había llegado pronto para cerciorarse de que yo llegaba tarde. Ese mismo día rompimos, por razones ideológicas según ella, aunque yo siempre pensé que era por diferencias psiquiátricas.
El otro día la vi por la calle, con un niño pequeño de la mano, y tuve la tentación de acercarme para pedirle perdón por aquella intransigencia horaria de mi juventud, pero comprendí en seguida que era demasiado tarde, al menos para mí. Para ella, seguramente, sería demasiado pronto.





Mañana moriré
No sé en qué momento de la jornada me di cuenta de que, aunque para los demás era miércoles, para mí era jueves, pero me había ocurrido otras veces y no le concedí importancia alguna. Hay semanas que uno quiere acortar y lo soluciona suprimiéndoles un día. El problema surgió el sábado. Los sábados, mi mujer y yo solemos ir al cine y a cenar. A veces llamamos a un matrimonio amigo y vamos juntos. Por la mañana sugerí a mi esposa que telefoneara a los Gutiérrez, para salir esa tarde. Ella me contestó que era viernes. No dije nada, pero me quedé desconcertado. Trabajo en casa, hago programas informáticos y tengo poca relación con el mundo exterior, por lo que tiendo a desconfiar de mis percepciones. De modo que antes de que mi mujer se fuera a su trabajo (es jefa del departamento de divisas de un banco) bajé a comprar el periódico y comprobé en su cabecera que era sábado.
—Mira el periódico —dije abandonándolo sobre la mesa de la cocina, donde ella estaba desayunando.—¿Qué tengo que mirar?—El día que es.—Viernes quince de octubre.
Me acerqué, miré la fecha por encima de su hombro y vi que tenía razón. Pero cuando se marchó, al volver a mirarlo, vi que ponía sábado 16 de octubre. Comprendí que cuando el periódico lo leía ella era viernes y cuando lo leía yo era sábado. En otras palabras, por alguna razón inexplicable yo vivía con un día de adelanto sobre el resto de la humanidad. Hice, naturalmente, unas cuantas comprobaciones más, pero todas arrojaron el mismo resultado. Esa noche, durante la cena, se lo conté a mi mujer.
—¿Sabes que vivo con un día de adelanto sobre el resto de la gente?
Me miró con expresión interrogativa y se lo expliqué con todo detalle. Cuando terminé, se echó a reír y comprendí que se lo había tomado a broma. No insistí. A mí mismo me parecía lo suficientemente increíble como para hacerme dudar de mis sentidos.
Durante los siguientes días, continué haciendo comprobaciones y me di cuenta con espanto de que era verdad. Yo conocía las noticias con un día de antelación, lo que, aunque en principio parecía una ventaja, era un horror. Vi en el periódico un martes (un martes mío) la esquela de mi madre, que para el resto de la familia continuaba viva. Vi la noticia de un incendio y de un terremoto antes de que se produjeran. Visité a mi hijo en el hospital por un accidente que había tenido con el coche antes de que para los demás se hubiera estrellado. También veía cosas buenas, pero no las podía compartir con nadie. Así, cuando nuestra hija, que estudió medicina, obtuvo la plaza en un hospital prestigioso, tuve que aguantarme las ganas de llamar a toda la familia para pregonarlo.
Empecé a beber. Un día, estaba en un bar, yo solo, apurando una copa, cuando se sentó a mi lado una mujer solitaria. Trabamos conversación y al poco le confesé mi problema. Me dijo que a ella le pasaba algo parecido, pues vivía con dos días de antelación en vez de uno. Era miércoles para mí (martes para el resto de la humanidad) y jueves para ella.
—Entonces, ¿este encuentro entre tú y yo se está produciendo hoy o mañana?—Hoy para ti. Para mí ocurrió ayer y para el resto de la humanidad aún no ha sucedido. —Ya que estás en mañana, dime qué va a ocurrir hoy.—Hoy va a ocurrir que tú y yo nos vamos a ir a la cama —dijo—, vivo aquí al lado, pero te va a dar un infarto cuando comiences a desnudarte y yo te voy a colocar en el ascensor, donde te encontrarán muerto mañana por la mañana. En realidad, ya te han encontrado. Ha venido la policía y nos ha preguntado a todos los vecinos si te conocíamos. Todo el mundo ha dicho que no.—Nos tenemos que ir ya, pues —pronuncié con la resignación y la entereza que me proporcionaba el alcohol.—Sí —dijo ella—, es la hora.
Salimos del local y nos dirigimos a su piso, que estaba en el edificio de la esquina. Al comenzar a desnudarme sentí un dolor fuerte en el hombro que en seguida se desplazó al pecho. La mujer, al darse cuenta de lo que ocurría, me puso la chaqueta y me ayudó a salir al ascensor, donde me dejó tirado. Un instante antes de morir recuperé la percepción normal del tiempo y aunque me morí en el miércoles continué vivo en el martes. Fui a casa, me encerré en mi cuarto y me puse a escribir este texto. Mañana moriré. No se culpe a nadie de lo ocurrido.


ACTIVIDADES

1. Los temas que plantea el autor son de reflexión. ¿Qué pensamientos te generaron cada uno de ellos?

2. Elige el que te haya parecido más singular. Luego, argumenta los motivos de tu elección.

3. ¿Te parece un autor interesante? o ¿cómo lo calificarías?

domingo, 2 de mayo de 2010

CONTEMPLACIÓN DE UN POEMA DE Heinrich Heine

ELLA






Se amaban con amor profundo y tierno;
eran ambos ladrones, gente limpia;
él forjaba ganzúas, y ella, en tanto,
tendida sobre el lecho, se reía.



Pasaba el día alegre y por las noches
en sus brazos gozaba. Mas un día
se lo llevaron preso, y ella, ella,
asomada al póstigo, se reía.



"¡Oh, ven conmigo, ven, no me abandones!
Él en su desventura le decía:
Vivir sin ti no puedo"; mas la ingrata
meneaba la cabeza y se reía.



A las ocho lo ahorcaron; a las nueve
bajaba al fondo de la tumbra fría;
a las diez..., a las diez su idolatrada
apuraba champaña y se reía.

ACTIVIDAD
1. Determine el tipo de rima y verso.
2. ¿Qué connotación tiene en el texto la expresión "gente limpia"?
3. La risa que permanentemente mostraba la amada ¿a qué se le atribuye?
4. Averigua cuáles fueron las principales obras del autor, además menciona la corriente literaria en la que se le ubica.




martes, 23 de febrero de 2010

Literatura de la Conquista - Perú

REGISTROS GRÁFICOS DE GUAMÁN POMA DE AYALA



























ACTIVIDAD
* Averigüe qué intento explicar en estos dibujos, el autor

miércoles, 8 de julio de 2009

POESÍA MASCULINA HISPANOAMERICANA I


TÁCTICA Y ESTRATEGIA
(Mario Benedetti. Uruguay)

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos

mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos

mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.




DECIR : HACER

(Octavio Paz. Mexicano)


Entre lo que veo y digo,

Entre lo que digo y callo,

Entre lo que callo y sueño,

Entre lo que sueño y olvido

La poesía.

Se desliza entre el sí y el no:

dice

lo que callo,

calla

lo que digo,

sueña

lo que olvido.

No es un decir:

es un hacer.

Es un hacer

que es un decir.

La poesía

se dice y se oye:

es real.

Y apenas digo

es real,

se disipa.

¿Así es más real?

Idea palpable,

palabra

impalpable:

la poesía

va y viene

entre lo que es

y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.

La poesía

siembra ojos en las páginas

siembra palabras en los ojos.

Los ojos hablan

las palabras miran,

las miradas piensan.

Oír

los pensamientos,

ver

lo que decimos

tocar

el cuerpo

de la idea.

Los ojos

se cierran

Las palabras se abren.







¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

(Ernesto Cardenal. Nicaragua)


Dios mío Dios mío ¿por qué me has abandonado?

Soy una caricatura de hombre

el desprecio del pueblo

Se burlan de mí en todos los periódicos

Me rodean los tanques blindados

estoy apuntado por las ametralladoras

y cercado de alambradas

las alambradas electrizadas

Todo el día me pasan lista

Me tatuaron un número

Me han fotografiado entre las alambradas

y se pueden contar como en una radiografía todos mis huesos

Me han quitado toda identificación

Me han llevado desnudo a la cámara de gas

y se repartieron mis ropas y mis zapatos

Grito pidiendo morfina y nadie me oye

grito con la camisa de fuerza

grito toda la noche en el asilo de enfermos mentales

en la sala de enfermos incurables

en el ala de enfermos contagiosos

en el asilo de ancianos

agonizo bañado de sudor en la clínica del psiquiatra

me ahogo en la cámara de oxígeno

lloro en la estación de policía

en el patio del presidio

en la cámara de torturas

en el orfelinato

estoy contaminado de radioactividad

y nadie se me acerca para no contagiarse

Pero yo podré hablar de ti a mis hermanos

Te ensalzaré en la reunión de nuestro pueblo

Resonarán mis himnos en medio de un gran pueblo

Los pobres tendrán un banquete

Nuestro pueblo celebrará una gran fiesta

El pueblo nuevo que va a nacer.










TENGO

(Nicolás Guillén. Cubano)

Cuando me veo y toco

yo, Juan sin Nada no más ayer,

y hoy Juan con Todo,

y hoy con todo,

vuelvo los ojos, miro,

me veo y toco

y me pregunto cómo ha podido ser.


Tengo, vamos a ver,

tengo el gusto de andar por mi país,

dueño de cuanto hay en él,

mirando bien de cerca lo que antes

no tuve ni podía tener.


Zafra puedo decir,

monte puedo decir,

ciudad puedo decir,

ejército decir,

ya míos para siempre y tuyos, nuestros,

y un ancho resplandor

de rayo, estrella, flor.


Tengo, vamos a ver,

tengo el gusto de ir

yo, campesino, obrero, gente simple,

tengo el gusto de ir

¡es un ejemplo!

a un banco y hablar con el administrador,

no en inglés,

no en señor,

sino decirle compañero como se dice en español.


Tengo, vamos a ver,

que siendo un negro

nadie me puede detener

a la puerta de un dancing o de un bar.

O bien en la carpeta de un hotel

gritarme que no hay pieza,

una mínima pieza y no una pieza colosal,

una pequeña pieza donde yo pueda descansar.


Tengo, vamos a ver,

que no hay guardia rural

que me agarre y me encierre en un cuartel,

ni me arranque y me arroje de mi tierra

al medio del camino real.


Tengo que como tengo la tierra tengo el mar,

no country,

no jailáif,

no tennis y no yatch,

sino de playa en playa y ola en ola,

gigante azul abierto democrático:

en fin, el mar.


Tengo, vamos a ver,

que ya aprendí a leer,

a contar,

tengo que ya aprendí a escribir

y a pensar

y a reír.


Tengo que ya tengo

donde trabajar

y ganar

lo que me tengo que comer.


Tengo, vamos a ver,

tengo lo que tenía que tener.







POEMA XX

(Pablo Neruda. Chile)


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.


Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."


El viento de la noche gira en el cielo y canta.


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.


En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.


Ella me quiso, a veces yo también la quería.

¡Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos!


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.


Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.


¡Qué importa que mi amor no pudiera guardarla!

La noche está estrellada y ella no está conmigo.


Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.


Como para acercarla mi mirada la busca.

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.


La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.


Yo no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise...

Mi voz buscaba al viento para tocar su oído.


De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.


Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.


Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.


Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.