domingo, 31 de agosto de 2014

PARA LAS NOTICIAS: COMENTARIO
FECHA DE REFERENCIA: 28 de agosto
Éxitos

martes, 26 de agosto de 2014

CALIFICACIONES DE LA PRIMERA ACTIVIDAD DE LECTURA GRUPAL

Espero que en la próxima, los resultados sean de su agrado.

JOSUE PEREDA   15
FIORELLA ALMONTE    15
CRISTIAN CHÁVEZ      15
CLAUDIA ARIAS     15
JAZMIN QUISPE    15
VALERIE EGUSQUIZA    19
CRISTHIAN YGNACIO     19
VALERIE EGUSQUIZA    19
VALERIA MALLMA    19
KAROL LOZANO     19

Felicidad
es a los que alcanzaron a cumplir.

jueves, 21 de agosto de 2014

COMENTARIOS DE NOTICIAS: 21 DE AGOSTO


4to A-II, un buen grupo de jóvenes que anhelan ser mejores y diferentes.

Indicaciones:
Para cada noticia utiliza ideas de opinión a propósito de las noticias elegidas. Cada comentario no debe exceder un párrafo y utiliza tus propias palabras.
César Rivera

viernes, 18 de noviembre de 2011

LA LITERATURA Y DRAGON-BALL

RASTROS MITOLÓGICOS DE DRAGON-BALL


Dragonball, toma como base una antigua historia china publicada anónimamente en 1590, durante la dinastía Ming, Sun Wukong.
Se trata de “Viaje al Oeste“, una de las novelas más importantes de la literatura china protagonizada por el rey mono Sun Wukong, un poderoso guerrero con cola que aprendió diversas técnicas de lucha de su maestro (como volar en las nubes) y que utiliza como arma un palo capaz de alargarse.
La historia luego salta un poco en el tiempo y continua protagonizado por un monje -muy femenino- llamado Xuanzang (básicamente es la base de Bulma), al que le encargan ir hasta la India y llevar al Este unos sutras de origen budista. El monje recluta a tres figuras que serán sus protectores: Sun Wukong, el monstruo-cerdo Zhu Bajie (la base de Oolong) y Sha Wujing (Yamcha en Dragonball) Luego de 14 años de viaje y batallas, los protagonistas regresan a casa.



ACTIVIDAD


1. ¿Qué función cumple la literatura en el mundo contemporáneao (actualidad)?


2. ¿Conocías esta historia?


3. ¿Qué opinas al respecto?


4. Busca mayor información de la novela VIAJE AL OESTE: AVENTURAS DEL REY MONO (anónimo siglo XVI) e informa con anotaciones en clase de lo averiguad.

domingo, 6 de noviembre de 2011

LITERATURA CONTEMPORÁNEA II

JOSÉ SARAMAGO




Su prosa es una constante crítica a la sociedad moderna llena de posturas que le son ajenas al hombre y su "humanidad". En el decir de sus críticos, José Saramago denuncia constantemente el estado de pérdida de lo humano por efecto, uso y avance de la tecnología y el pensamiento del hombre contemporáneo; según su parecer, la sociedad está en franca vía de desaparición de su propia condición, pues en el tiempo ha sustituido cuestiones esenciales a la acción cotidiana humana. Por ejemplo, las novelas ENSAYO SOBRE LA CEGUERA; TODOS LOS NOMBRES y LA CAVERNA son una clara alusión a lo expresado. veamos:


ENSAYO SOBRE LA CEGUERA: pérdida de la visión

TODOS LOS NOMBRES: pérdida del nombre

LA CAVERNA: pérdida del empleo


En cuanto a su estilo, es evidente que su estilo pasa por escribir y presentar párrafos, y en lamyoría de casos, oraciones sumamente extensas, colocando comas donde otos escritores pondrían únicamente coma.Esta forma de narrar, pese a parecer un defecto, para muchos, es una virtud; pues rápidamente nos familiarizamos con su estilo y secuencilidad; la razón de esto está en que no usa un lenguaje artificioso ni recargado, es un estilo simple y llano. Por otro lado, están las aparente "disgresiones": constantemente introduce reflexiones sobre la situación del hombre y la sociedad de una manera simple sin perder su intención filosófica.






ENSAYO SOBRE LA CEGUERA
Trama: Aparece una enfermedad desconocida en la sociedad. Todos las personas van quedando ciegas. Todas son desconocidas, es más, carecen de nombre. Empiezan a vagar sin rumbo por calles abandonadas e imprecisas en las que predomina la ley del que aún no haya quedado ciego. Entonces, ante el avance irrefrenable del mal, el gobierno decide encerrar a todos los enfermos en una especie de Campo de Concentración.En este lugar aparece una m,afia de ciegos que compra y vende, niega y toroga todo lo que llega a su poder: son los "dominantes". La excepción al mal es que la mujer del médico se convierte en la única que no pierde la vista y será quien prácticamente nos va contando todo lo que ve. Sin embargo, el mal no cesa y el grupo humano se haya ante una disyuntiva...¿Qué hacer?
Tema: La sociedad indolente ante las desgracias colectivas


LA CAVERNA

Trama: Cipriano Alvor es un anciano de 64 años, que ha trabajado junto a su familia (y desde generaciones pasadas9 como artesanos de barro y que de un momento a otro se ha percatado que su trabajo ha dejado de ser importante para el mundo. La situación se torna aún más preocupante cuando en el entorno han creado un nuevo centro de comercios (que simboliza al mundo de Occidente). Entonces, las nuevas industris que procesan el barro y la maquinaria de avanzada tecnológica han podido sustituir el trabajo artesanal del hombre. Una sentencia ejemplarizadora de Saramago dice: "los centros comerciales, los estadios y las discotecas son ahora donde las personas aprenden las normas de vida y todos estos lugares son cavernas cerradas". Y más adelante prosigue con otra afirmación del efecto negativo que genera la actual sociedad en el hombre: "la conciencia autista que crean los grandes centros comerciales".
Tema: crítica a la sociedad contemporánea que incita al consumismo.


ACTIVIDAD:
1. ¿Qué semejanzas encuentras entre la literatura de José saramago y los conceptos del vanguardismo? Reflexiona tu respuesta.
2. Caín es otra de las obras de Jopsé Saramago ¿Por qué fue catalogada como una obra menor o mala obra del autor? Averiguar.
3. Ingrese al siguiente link y traslada el argumento de TODOS LOS NOMBRES (otra novela muy reconocida del autor) a un mapa mental: www.analitica.com/vas/1999.08.4/caracas/05.htm
4. Anota los siguientes datos:
a. datos del Premio Nobel a Saramago
b. situaciones que rodearon su muerte

lunes, 24 de octubre de 2011

NARRATIVA INDIANISTA: ENRIQUE LÓPEZ ALBÚJAR




USHANAN - JAMPI

La plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de curiosidad, se había congregado en ella desde las primeras horas de la mañana, en espera del gran acto de justicia a que se la había convocado la víspera, solemnemente.
Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y todos los servicios públicos. Allí estaban el jornalero, poncho al hombro, sonriendo con sonrisa idiota, ante la frase intencionada de los corros; el pastor greñudo de pantorrillas bronceadas y musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el viejo silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela tímida y pulcra, de pies limpios y bruñidos como acero pavonado, y uñas desconchadas y roídas y faldas negras y esponjosas como repollo; la vieja regañona, haciendo perinolear al aire el huso mientras barbotea un rosario interminable de conjuros, y el chiquillo, con su clásico sombrero de falda gacha y copa cónica tiritando al abrigo de un ilusorio ponchito que apenas le llega al vértice de los codos.
Y por entre esa multitud, los perros, unos perros color de ámbar sucio, hoscos, de cabezas angulosas y largas como cajas de violín, costillas transparentes, pelos hirsutos, miradas de lobo, cola de zorro y patas largas, nervudas y nudosas yendo y viniendo incesantemente, olfateando a las gentes con descaro, interrogándoles con miradas de ferocidad contenida, lanzando ladridos impacientes, de bestias que reclamaran su pitanza.
Se trataba de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de sus miembros, Cunce Maille, ladrón incorregible, le había robado días antes una vaca. Un delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por el hecho en sí cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo cometía igual crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un reto, una burla a la justicia severa e inflexible de los yayas, merecedora de un castigo pronto y ejemplar.
Al pleno sol, frente a la casa comunal y en torno de una mesa rústica y maciza, con una macicez de mueble incaico, el gran concejo de los yayas, constituido en tribunal, presidía el acto, solemne, impasible, impenetrable, sin más señales de vida que el movimiento acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que parecían tascar un freno invisible.
De pronto los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla verdusca de la masticación, limpiáronse en un pase de manos las bocas espumosas y el viejo Marcos Huacachino, que presidía el consejo, exclamó:
- Ya hemos chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia. Ahora bebamos para hacerlo mejor.
Y todos servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos un enorme vaso de chacta.
-Que traigan a Cunce Maille- ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de beber.
Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos, apareció ante el Tribunal un indio de edad incalculable, alto, fornido, ceñudo y que parecía desdeñar las injurias y amenazas de la muchedumbre. En esa actitud, con la ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las dentelladas de los perros ganaderos, el indio más parecía la estatua de la rebeldía que la del abatimiento. Era talla regularidad de sus facciones de indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte señorial que, a pesar de sus ojos sanguinolentos, fluía de su persona una gran simpatía, la simpatía que despiertan los hombres que poseen la hermosura y la fuerza.
-¡Suéltenlo!- exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
Una vez libre Maille, se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza, desparramó sobre el consejo una mirada sutilmente desdeñosa y esperó.
- José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste su vaca y que has ido a vendérsela a los de Obas. ¿Tú qué dices?
- ¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.
- ¿Por qué entonces no te quejaste?
- Porque yo no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.
- Los yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde su derecho.
Ponciano al verse aludido, intervino:
- Maille está mintiendo, taita. El toro que dice que yo le robé Se lo compré a Natividad Huaylas. Que lo diga; está presente.
-Verdad, taita- contestó un indio, adelantándose hasta la mesa del consejo.
-¡Perro!- gritó Maille, encarándose ferozmente a Huaylas- Tan ladrón tú como Ponciano. Todo lo que tú vendes es robado. Aquí todos se roban.
Ante tal imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de impaciencia al mismo tiempo que muchos individuos del pueblo levantaban sus garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo rabiosamente. Pero el jefe del tribunal, más inalterable que nunca, después de imponer silencio con gesto imperioso dijo:
- Cunce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Podríamos castigarte entregándote a la justicia del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder.
Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que desde uno de los extremos de la mesa, miraba torvamente a Maille, añadió:
- ¿En cuánto estimas tu vaca, Ponciano?
- Treinta soles, taita. Estaba para parir, taita.
En vista de estas respuestas el presidente se dirigió al público en esta forma:
- ¿Quién conoce la vaca de Ponciano? ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano?
Muchas voces contestaron a un tiempo que la conocían y que podría costar realmente los treinta soles que le había fijado su dueño.
- ¿Has oído, Maille? -dijo el presidente al aludido.
- He oído, pero no tengo dinero para pagar.
- Tienes ganado, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y como tú no puedes seguir aquí porque es la tercera vez que compareces ante nosotros por ladrón, saldrás de Chupán inmediatamente y para siempre. La primera vez te aconsejamos lo que debías hacer para que enmendaras y volvieras a ser hombre de bien. No has querido. Te burlas del yaachisulm. La segunda vez tratamos de ponerte bien con Felipe Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste caso del alliachusum, pues no has querido reconciliarte con tu agraviado y vives amenazándole constantemente... Hoy le ha tocado a Ponciano ser el perjudicado y mañana quién sabe a quién le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de botarte y aplicarte el jitarishum. Vas a irte para no volver más. Si vuelves, ya sabes lo que te espera: te cogemos y te aplicamos ushanam-jampi,
- ¿Has oído bien Cunce Maille?
Maille se encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al huallqui que, por milagro había conservado en la persecución y sacando un poco de coca se puso a chacchar lentamente.
El presidente de los yayas, que tampoco se inmutó por esta especie de desafío del acusado, dirigiéndose a sus colegas, volvío a decir:
- Compañeros, este hombre que está delante de nosotros es Cunce Maille, acusado por tercera vez de robo en nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido; no ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer con él?
- Botarlo de aquí, aplicarle jitarishum, -contestaron a una voz los yayas, volviendo a quedar mudos e impasibles.
- ¿Has oído, Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, pero no lo has querido. Caiga sobre ti jitarishum.
Después, levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta que la empleada hasta entonces.
- Este hombre que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad por ladrón. Si alguna vez se atreve a volver a nuestras tierras cualquiera de los presentes podrá matarlo. No lo olviden. Decuriones, cojan a ese hombre y sígannos.
Y los yayas, seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza, atravesaron el pueblo y comenzaron a descender por una escarpada senda, en medio de un imponente silencio. Hasta los perros, momentos antes inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas las orejas y las colas, como percatados de la solemnidad del acto.
Después de un cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, el jefe de los yayas levantó su vara de alcalde y la extraña procesión se detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán de las de Obas.
- ¡Suelten a ese hombre! -exclamó el yaya de la vara. - y dirigiéndose al reo:
- Cunce Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras tierras por que nuestros jircas se enojarían, y su enojo causaría la pérdida de las cosechas y se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el río y aléjate para siempre de aquí.
Maille volvió la cara hacia la multitud que con gesto de asco e indignación, más fingido que real, acababa de acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y después de lanzar al suelo un escupitajo enormemente despreciativo, con ese desprecio que sólo el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó:
- ¡Ysmayta-micuy!
- Y de cuatro saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los matorrales de la banda opuesta, mientras los perros ladraban furiosamente, sin atreverse a penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo.
Si para cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como Cunce Maille, la expulsión de la comunidad significa todas las afrentas posibles, el resumen de todos los dolores frente a la pérdida de todos los bienes: la choza, la tierra, el ganado, el jirca y la familia. Sobre todo, la choza.
El jitarishum es la muerte civil del condenado, una muerte de la que jamás se vuelve a la rehabilitación; que condena al indio al ostracismo perpetuo y parece marcarle con un signo que le cierra para siempre las puertas de la comunidad. Se le deja solamente la vida para que vague con ella a cuestas por quebradas, cerros, punas y bosques, o para que baje a vivir en las ciudades bajo la férula del misti; lo que para un indio altivo y amante de las alturas es un suplicio y una vergüenza.
Y Cunce Maille, dada su naturaleza rebelde y combativa, jamás podría resignarse a la expulsión que acababa de sufrir. Sobre todo, habían dos fuerzas que le atraían constantemente a la tierra perdida: su madre y su choza. ¿Qué iba a ser de su madre sin él? Este pensamiento le irritaba y le hacía concebir los más inauditos proyectos. Y exaltado por los recuerdos, nostálgico y cargado su corazón de odio, como una nube; de electricidad, harto en pocos días de la vida de azar y merodeo que se le obligaba a llevar, volvió a repasar, en las postrimerías de una noche, el mismo riachuelo que un mes antes cruzara a pleno sol, bajo el silencio de una poblada hostil y los ladridos de una jauría famélica y feroz.
A pesar de su valentía, comprobada cien veces, Maille, al pisar la tierra prohibida, sintió como una mano que le apretara el corazón, y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De la muerte? Pero ¿qué podría importarle la muerte a él, acostumbrado a jugarse la vida por nada? ¿Y no tenía para eso su carabina y sus cien tiros? Lo suficiente para batirse con Chupán entero y escapar cuando se le antojara.
Y el indio, con el arma preparada, avanzó cauteloso, auscultando todos los ruidos, oteando los matorrales, por la misma senda de los despeñaderos y. de los cactus tentaculares y amenazadores como pulpos, especie de vía crucis, por donde solamente se atrevían a bajar, pero nunca a subir, los chupanes, por estar reservada para los grandes momentos de su feroz justicia. Aquello era como la roca Tarpeya del pueblo.
Maille salvó todas las dificultades de la ascensión y, una vez en el pueblo, se detuvo frente a una casucha y lanzó un grito breve y gutural, lúgubre, como el gruñido de un cerdo dentro de un cántaro. La puerta se abrió y dos brazos se enroscaron al cuello del proscrito, al mismo tiempo que una voz decía:
- Entra, guagua-yau, entra. Hace muchas noches que tu madre no duerme esperándote. ¿Te habrán visto?
Maille, por toda respuesta, se encogió de hombros y entró.
Pero el gran consejo de los yayas, sabedor por experiencia propia de lo que el indio ama su hogar, del gran dolor que siente cuando se ve obligado a vivir fuera de él, de la rabia con que se adhiere a todo lo suyo, hasta el punto de morirse de tristeza cuando le falta poder para recuperarlo, pensaba: "Maille volverá cualquier noche de estas; Maille es audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él sienta el deseo de chacchar bajo su techo y al lado de la vieja Nastasia, no habrá nada que lo detenga".
Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría de caer alguna vez el condenado. Y resolvieron vigilarla día y noche, por turno, con disimulo y tenacidad verdaderamente indios.
Por eso aquella noche, apenas Cunce Maille .penetró a su casa, un espía corrió a comunicar la noticia al jefe de los yayas.
- Cunce Maille ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la puerta -exclamó palpitante, emocionado, estremecido aún por el temor, con la cara de un perro que viera a un león de repente.
- ¿Estás seguro, Santos?
- Sí, taita, NastaSia lo abrazó. ¿A quién podrá abrazar la vieja Nastasia, taita? Es Cunce...
- ¿Está armado?
- Con carabina, taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados. Cunce es malo y tira bien.
Y la noticia se esparció por el pueblo eléctricamente... "¡Ha llegado Cunce Maille! ¡Ha llegado Cunce Maille!" era la frase que repetían todos estremeciéndose. Inmediatamente se formaron grupos. Los hombres sacaron a relucir sus grandes garrotes los garrotes de los momentos trágicos; las mujeres, en cuclillas, comenzaron a formar ruedas frente a la puerta de sus casas, y los perros, inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y a dialogar a la distancia.
- ¿Oyes, Cunce? - murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con el oído pegado a la puerta, no perdía el menor ruido, mientras aquél, sentado sobre un banco, chacchaba impasible, como olvidado de las cosas del mundo-. Siento pasos que se acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes? Te habrán visto. ¡Para qué habrás venido, guagua-yau!
Cunce hizo un gesto desdeñoso y se limitó a decir:
- Ya te he visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chaccha en mi casa. Voime ya. Volveré otro día.
Y el indio, levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, esquivó el abrazo de su madre y, sin volverse, abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; sólo una leve y rosada claridad comenzaba a teñir la cumbre de los cerros.
Pero Maille era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de ese silencio. Ordenóle a su madre pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo; dio en seguida un paso atrás, para tomar impulso, y de un gran salto al sesgo salvó la puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de plomo acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que innumerables grupos de indios armados de todas armas, aparecían por todas partes gritando: ¡Muera Cunce Maille! ¡Ushanan-jampi! ¡Ushanan-jampi!.
Maille apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que recibió de frente, le obligó a retroceder y escalar de cuatro saltos felinos el aislado campanario de la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a disparar certeramente sobre los primeros que intentaron alcanzarle.
Entonces comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostumbrados a todos los horrores y ferocidades; algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la grandeza de un canto.
A cada diez tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de escopetas inválidas, hechos por manos temblorosas, el sitiado respondía con uno invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A las dos horas había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un yaya, lo que había enfurecido al pueblo entero.
- ¡Tomen, perros! - gritaba MaiIIe a cada indio que derribaba-. Antes que me cojan mataré cincuenta. Cunce Maille vale cincuenta perros chupanes. ¿Dónde está Marcos Huacachino? ¿Quiere un poquito de cal para su boca con esta shipina?
Y la shipina era el cañón de arma, que amenazadora y mortífera, apuntaba en todo sentido.
Ante tanto horror, que parecía no tener término, los yayas, después de larga deliberación, resolvieron tratar con el rebelde. El comisionado debería comenzar por ofrecerle todo, hasta la vida, que, una vez abajo y entre ellos, ya se vería cómo eludir la palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y astuto como Maille, y de palabra capaz de convencer al más desconfiado.
Alguien señaló a José Facundo. "Verdad - exclamaron los demás-. Facundo engaña al zorro cuando quiere y hace bailar al jirca más furioso".
Y Facundo, después de aceptar tranquilamente la honrosa misión, recostó su escopeta en la tapia en que estaba parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca y se puso a catipar religiosamente por espacio de diez minutos largos. Hecha la catipa y satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una vertiginosa carrera, llena de saltos y zig-zags, en dirección al campanario gritando:
- ¡Amigo Cunce!, ¡amigo Cunce!, Facundo quiere hablarte.
Cunce Maile le dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer escalón de la gradería le preguntó:
- ¿Qué quieres, Facundo?
- Pedirte que bajes y te vayas.
- ¿Quién te manda?
- ¡Yayas!
- Yayas son unos supaypa-huachasgan, que cuando huelen sangre quieren beberla. ¿No querrán beber la mía?
- No; yayas me encargan decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un trago de chacta en el mismo jarro y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas más.
- Han querido matarme.
- Ellos no; Ushanan-jampi, nuestra ley. Ushanan-jampi igual para todos; pero se olvidará esta vez para ti. Están asombrados de tu valentía. Han preguntado a nuestra gran jirca-yayag y él ha dicho que no te toquen. También han catipado y la coca les ha dicho lo mismo. Están pesarosos.
Cunce Maille vaciló, pero comprendiendo que la situación en que se encon­traba no podía continuar indefinidamente, que, al fin llegaría el instante en que habría de agotársele la munición y vendría el hambre, acabó por decir, al mismo tiempo que bajaba:
- No quiero abrazos ni chacta. Que vengan aquí todos los yayas desarmados y, a veinte pasos de distancia, juren por nuestro jirca que me dejarán partir sin molestarme.
Lo que pedía Maille era una enormidad, una enormidad que Facundo no podía prometer, no sólo porque no estaba autorizado para ello sino porque ante el poder del ushanan-jampi no había juramento posible.
Facundo vaciló también, pero su vacilación fue cosa de un instante. Y, después de reír con gesto de perro a quien le hubiesen pisado la cola, replicó:
- He venido a ofrecerte lo que pidas. Eres como mi hermano y yo le ofrezco lo que quiera a mi hermano.
Y, abriendo los brazos, añadió:
- Cunce, ¿no habrá para tu hermano Facundo un abrazo? Yo no soy yaya.Quiero tener el orgullo de decirle mañana a todo Chupán que me he abrazado con un valiente como tú.
Maille desarrugó el ceño, sonrió ante la frase aduladora y, dejando su carabina a un lado, se precipitó en los brazos de Facundo. El choque fue terrible. En vez de un estrechón efusivo y breve, lo que sintió Maille fue el enroscamiento de dos brazos musculosos, que amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente el lazo que se le había tendido, y, rápido como el tigre, estrechó más fuerte a su adversario, levantóle en peso e intentó escalar con él el campanario. Pero al poner el pie en el primer escalón, Facundo, que no había perdido la serenidad, con un brusco movimiento de riñones hizo perder a Maille el equilibrio, y ambos rodaron por el suelo, escupiéndose injurias y amenazas. Después de un violento forcejeo, en que los huesos crujían y los pechos jadeaban, Maille logró quedar encima de su contendor.
- ¡Perro!, más perro que los yayas - exclamó Maille, trémulo de ira-; te voy a retacear allá arriba, después de comerte la lengua.
Facundo cerró los ojos y se limitó a gritar rabiosamente:
- ¡Ya está!, ¡ya está!, ¡ya está! ¡Ushanam-jampi!
-¡Calla, traidor!-, volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz en la boca, y cogiendo a Facundo por la garganta se la apretó tan rudamente que le hizo saltar la lengua, una lengua lívida, viscosa, enorme, vibrante como la cola de un pez cogido por la cabeza, a la vez que entornaba los ojos y una gran conmoción se deslizaba por su cuerpo como una onda.
Maille sonrió satánicamente; desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo la lengua de su víctima y se levantó con intención de volver al campanario. Pero los sitiadores, que, aprovechando el tiempo que había durado la lucha, lo habían estrechamente rodeado, se lo impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñalada en la espalda lo hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligóle a soltar el cuchillo y llevarse las manos a la herida. Sin embargo, aún pudo reaccionar y abrirse paso a puñaladas y puntapiés y llegar, batiéndose en retirada, hasta su casa. Pero la turba, que lo seguía de cerca, penetró tras él en el momento en que el infeliz caía en los brazos de su madre. Diez puñaladas se le hundieron en el cuerpo.
- ¡No le hagan así, taitas, que el corazón me duele! - gritó la vieja Nastasia, mientras, salpicado el rostro de sangre, caía de bruces, arrastrada por el desmadejado cuerpo de su hijo y por el choque de la feroz acometida. Entonces desarrollóse una escena horripilante, canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar, una mano arrancaba el corazón y otra los ojos, ésta cortaba la lengua y aquélla vaciaba el vientre de la víctima. Y todo esto acompañado de gritos, risotadas, insultos e imprecaciones, coreados por los feroces ladridos de los perros, que, a través de las piernas de los asesinos, daban grandes tarascadas al cadáver y sumergían ansiosamente los puntiagudos hocicos en el charco sangriento.
- ¡A arrastrarlo! - gritó una voz.
- ¡A arrastrarlo! - respondieron cien más. - ¡A la quebrada con él!
- ¡A la quebrada!
Inmediatamente se le anudó una soga al cuello y comenzó el arrastre. Primero, por el pueblo, para que, según los yayas, todos vieran cómo se cumplía el Ushanan-jampi, después por la senda de los cactus.
Cuando los arrastradores llegaron al fondo de la quebrada, a las orillas del Chillán, sólo quedaba de Cunce Maille la cabeza y un resto de espina dorsal. Lo demás quedóse entre los cactus, las puntas de las rocas y las quijadas insaciables de los perros.
Seis meses después, todavía podía verse sobre el dintel de la puerta de la abandonada y siniestra casa de los Maille, unos colgajos secos, retorcidos, amarillentos, grasosos, a manera de guirnarlas: eran los intestinos de Cunce Maille, puestos allí por mandato de la justicia implacable de los yayas.

lunes, 11 de julio de 2011

CUENTO JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

EL SUEÑO DEL PONGO




Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo(*), de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas viejas.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludo en el corredor de la residencia.
- ¿Eres gente u otra cosa? - le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.
Humillándose, el pongo contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.
- ¡A ver! - dijo el patrón - por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parece que no son nada. ¿Llévate esta inmundicia! - ordenó al mandón de la hacienda.
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. "Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza", había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.
El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. "Sí, papacito; sí, mamacita", era cuanto solía decir.
Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto, y por su ropa tan haraposa y acaso, también porque quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.
Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.
- Creo que eres perro. ¡Ladra! - le decía.
El hombrecito no podía ladrar.
- Ponte en cuatro patas - le ordenaba entonces-
El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.
- Trota de costado, como perro - seguía ordenándole el hacendado.
El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.
El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.
- ¡Regresa! - le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.
El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado.
Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.
- ¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! - mandaba el señor al cansado hombrecito. - Siéntate en dos patas; empalma las manos.
Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.
Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.
- Recemos el Padrenuestro - decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.
El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.
En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.
- ¡Vete pancita! - solía ordenar, después, el patrón al pongo.
Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos*.
Pero... una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.
- Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte - dijo.
El patrón no oyó lo que oía.
- ¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? - preguntó.
- Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte - repitió el pongo.
- Habla... si puedes - contestó el hacendado.
- Padre mío, señor mío, corazón mío - empezó a hablar el hombrecito -. Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos habíamos muerto.
- ¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio - le dijo el gran patrón.
- Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos. Los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.
- ¿Y después? ¡Habla! - ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.
- Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pensando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.
- ¿Y tú?
- No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.
- Bueno, sigue contando.
- Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: "De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de chancaca más transparente".
- ¿Y entonces? - preguntó el patrón.
Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta, pero temerosos.
- Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.
- ¿Y entonces? - repitió el patrón.
- "Ángel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre", diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.
- Así tenía que ser - dijo el patrón, y luego preguntó:
- ¿Y a ti?
- Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar: "Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano".
- ¿Y entonces?
- Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. "Oye viejo - ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel -, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!". Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando...
- Así mismo tenía que ser - afirmó el patrón. - ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?
- No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: "Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.
(*) Indio que pertenece a la hacienda.