CUENTO DEL HERRERO
Ricardo Guiraldes
Como habíamos hecho el fogón cerca de un tronco de tala caído, tuvimos donde sentarnos, y ya nos decíamos que la vida de resero, con todo, tiene sus partes buenas como cualquiera. Creo que la afición de mi padrino a la soledad debía influir en mí; la cosa es que, rememorando episodios de mi andar, esas perdidas libertades en la pampa me parecían lo mejor. No importaba que el pensamiento lo tuviera medio dolorido, empapado de pesimismo, como queda empapada de sangre la matra que ha chupado el dolor de una matadura.
De grande y tranquilo que era el campo, algo nos regalaba de su grandeza y su indiferencia. Asamos la carne y la comimos sin hablar. Pusimos sobre las brasas la pavita y cebé unos amargos. Don Segundo me dijo, con su voz pausada y como distraída:
-Te vi'a a contar un cuento, para que se lo repitás a algún amigo cuando éste ande en la mala.
Cebé con más lentitud. Mi padrino comenzó el relato:
«Esto era en tiempo de Nuestro Señor Jesucristo y sus Apóstoles.»
Quedé un rato a la espera. Don Segundo nos dejaba caer, así, en un reino de ficción. Íbamos a vivir en el hilo de un relato. Saldríamos de una parte a otra. ¿De dónde y para dónde?
«Nuestro Señor, que asigún dicen jué el creador de la bondá, sabía andar de pueblo en pueblo y de rancho en rancho, por Tierra Santa, enseñando el Evangelio y curando con palabras. En estos viajes, lo llevaba de asistente a San Pedro, al que lo quería muy mucho, por creyente y servicial.
»Cuentan que en uno de esos viajes, que por demás veces eran duros como los del resero, como jueran por llegar a un pueblo, a la mula en que iba Nuestro Señor se le perdió una herradura y dentró a manquiar.
»-Fijate -le dijo Nuestro Señor a San Pedro- si no ves una herrería, que ya estamos dentrando al poblao.
»San Pedro, que iba mirando con atención, divisó un rancho viejo de paredes raídas, que tenía encima un letrero que decía: "Errería". Sobre el pucho, se lo contó al Maistro y pararon delante del corralón.
»-¡Ave María! -gritaron-. Y junto con un cuzquito ladrador, salió un anciano harapiento que los convidó a pasar.
»-Güenas tardes -dijo Nuestro Señor-. ¿Podrías herrar mi mula que ha perdido la herradura de una mano?
»-Apiensén y pasen adelante -contestó el viejo-. Voy a ver si puedo servirlos.
»Cuando, ya en la pieza, se acomodaron sobre unas sillas de patas quebradas y torcidas, Nuestro Señor le preguntó al herrero:
»-¿Y cuál es tu nombre?
»-Me llaman Miseria -respondió el viejo, y se jue a buscar lo necesario pa servir a los forasteros.
»Con mucha paciencia anduvo este servidor de Dios, olfateando en sus cajones y sus bolsas, sin hallar nada. Acobardao iba a golverse pa pedir disculpa a los que estaban esperando, cuando regolviendo con la bota un montón de basuras y desperdicios, vido una argolla de plata, grandota.
»-¿Qué hacéh'aquí vos? -le dijo, y recogiéndola se jué pa donde estaba la fragua, prendió el juego, reditió la argolla, hizo a martillo una herradura y se la puso a la mulita de Nuestro Señor. ¡Viejo sagás y ladino!
»-¿Cuánto te debemos, güen hombre? -preguntó Nuestro Señor.
»Miseria lo miró bien de arriba abajo y, cuando concluyó de filiarlo, le dijo:
»-Por lo que veo, ustedes son tan pobres como yo. ¿Qué diantres les vi'a cobrar? Vayan en paz por el mundo, que algún día tal vez Dios me lo tenga en cuenta.
»-Así sea -dijo Nuestro Señor y, después de haberse despedido, montaron los forasteros en sus mulas y salieron al sobrepaso.
»Cuando ya iban retiraditos, le dice a Jesús este San Pedro, que debía ser medio lerdo:
»-Verdá, Señor, que somos desagradecidos. Este pobre hombre nos ha herrao la mula con una herradura de plata, no noh'a cobrao nada por más que es repobre, y nosotros nos vamos sin darle siquiera una prenda de amistá.
»-Decís bien -contestó Nuestro Señor-. Volvamos hasta su casa pa concederle tres Gracias, que él elegirá a su gusto.
»Cuando Miseria los vido llegar de güelta, creyó que se les había desprendido otra herradura y los hizo pasar como endenantes. Nuestro Señor le dijo a qué venían y el hombre lo miró de soslayo, medio con ganitas de reírse, medio con ganitas de disparar.
»-Pensá bien -dijo Nuestro Señor- antes de hacer tu pedido.
»San Pedro que se había acomodado detrás de Miseria, le sopló:
»-Pedí el Paraíso.
»-Cayate viejo -le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor:
»-Quiero que el que se siente en mi silla, no se pueda levantar della sin mi permiso.
»-Concedido -dijo Nuestro Señor-. ¿A ver la segunda Gracia? Pensala con cuidao.
»-Pedí el Paraíso -golvió a soplarle de atrás San Pedro.
»-Cayate viejo metido -le contestó por lo bajo Miseria, pa después decirle a Nuestro Señor:
»-Quiero que el que suba a mis nogales, no se pueda bajar de ellos sin mi permiso.
»-Concedido -dijo Nuestro Señor-. Y aura, la tercera y última Gracia. No te apurés.
»-¡Pedí el Paraíso, porfiao! -le sopló de atrás San Pedro.
»-¿Te quedrás callar viejo idiota? -le contestó Miseria enojao, pa después decirle a Nuestro Señor:
»-Quiero que el que se meta en mi tabaquera, no pueda salir sin mi permiso.
»-Concedido -dijo Nuestro Señor y, después de despedirse, se jué.
»Ni bien Miseria quedó solo, comenzó a cavilar y, poco a poco, jué dentrándole rabia de no haber sabido sacar más ventaja de las tres Gracias concedidas.
»-También, seré sonso -gritó, tirando contra el suelo el chambergo-. Lo que es, si aurita mesmo se presentara el demonio, le daría mi alma con tal de pedirle veinte años de vida y plata a discreción.
»En ese mesmo momento, se presentó a la puerta'el rancho un caballero que le dijo:
»-Si querés, Miseria, yo te puedo presentar un contrato, dándote lo que pedís-. Y ya sacó un rollo de papel con escrituras y numeritos, lo más bien acondicionado, que traiba en el bolsillo. Y allí las leyeron juntos a las letras y, estando conformes en el trato, firmaron los dos con mucho pulso, arriba de un sello que traiba el rollo.»
-¡Reventó la yegua el lazo! -comenté.
-Aura verás, dejate estar callao para aprender como sigue el cuento.
Miramos alrededor la noche como para no perder contacto con nuestra existencia actual, y mi padrino prosiguió:
«-Ni bien el Diablo se jué y Miseria quedó solo, tantió la bolsa de oro que le había dejado el viejo Mandinga, se miró en el bañadero de los patos, donde vido que estaba mozo, y se jué al pueblo pa comprar ropa, pidió pieza en la fonda como señor, y durmió esa noche contento.
»-¡Amigo! Había que ver cómo cambió la vida d'este hombre. Terció con príncipes y gobernadores y alcaldes, jugaba como nenguno en las carreras, viajó por todo el mundo, tuvo trato con hijas de reyes y marqueses...
»Pero, bien dicen que pronto se pasan los años cuando se emplean de este modo, de suerte que se cumplió el año vegísimo y en un momento casual en que Miseria había venido a rairse de su rancho, se presentó el Diablo con el nombre del caballero Lilí, como vez pasada, y peló el contrato pa esigir que se le pagara lo convenido.
»Miseria, que era hombre honrao, aunque medio tristón le dijo a Lilí que lo esperara, que iba a lavarse y ponerse güena ropa pa presentarse al Infierno, como era debido. Así lo hizo, pensando que al fin todo lazo se corta y que su felicidá se había terminao.
»Al golver lo halló a Lilí sentao en su silla aguardando, con paciencia.
»-Ya estoy acomodao -le dijo- ¿vamos yendo?
»-¡Cómo hemos de irnos -contestó Lilí- si estoy pegao en esta silla como por un encanto!
»Miseria se acordó de las virtudes que le había concedido el hombre'e la mula y le dentró una risa tremenda.
»-¡Enderezate, pues, maula, si sos diablo! -le dijo a Lilí.
»Al ñudo éste hizo bellaquear la silla. No pudo alzarse ni un chiquito y sudaba, mirándolo a Miseria.
»-Entonces -le dijo el que jué herrero- si querés dirte, firmame otros veinte años de vida y plata a discreción.
»El demonio hizo lo que le pedía Miseria, y éste le dio permiso pa que se juera.
»Otra vez el viejo, remozado y platudo, se golvió a correr el mundo: terció con príncipes y manates, gastó plata como naides, tuvo trato con hijas de reyes y de comerciantes juertes...
»Pero los años, pa'l que se divierte, juyen pronto, de suerte que, cumplido el vegísimo, Miseria quiso dar fin cabal a su palabra y rumbió al pago de su herrería.
»A todo esto Lilí, que era medio lenguarás y alcahuete, había contao en los infiernos el encanto'e la silla.
»-Hay que andar con ojo alerta -había dicho Lucifer-. Ese viejo está protegido y es ladino. Dos serán los que lo vayan a buscar al fin del trato.
»Por esto jué que al apiarse en el rancho, Miseria vido que lo estaban esperando dos hombres, y uno de ellos era Lilí.
»Pasen adelante; sientensén -les dijo- mientras yo me lavo y me visto pa dentrar en el Infierno, como es debido.
»-Yo no me siento -dijo Lilí.
»-Como quieran. Pueden pasar al patio y bajar unas nueces, que seguramente son las mejores que habrán comido en su vida'e diablos.
»Lilí no quiso saber nada; pero, cuando se hallaron solos, su compañero le dijo que iba a dar una güelta por debajo de los nogales, a ver si podía recoger del suelo alguna nues caída y probarla. Al rato no más golvió, diciendo que ya había hallao una yuntita y que en comiéndolas, naide podía negar que jueran las más ricas del mundo.
»Juntos se jueron p'adentro y comenzaron a buscar sin hallar nada.
EL PARÉNTESIS
Rómulo Gallegos
En la casa todo estaba en olor de santidad. Vieja casa solariega de una familia cuya propiedad fuera tradicional, allí, con la vetustez no remozada y la huella de almas que conservaban algunas viviendas que tenían historias piadosas, compadecíanse muy bien esa atmósfera de sacristía que trasciende a incienso, a pezgua y a olor de viajeras y de óleos.
En las habitaciones que no ocupaban la familia campaban una porción de cachivaches sagrados: doseles raídos, candelabros inútiles, tabernáculos desvencijados que mostraban la vil madera a través de la carroña del sobredorado antiguo, una infinidad de bártulos de sacristía dados de baja en el templo parroquial. En el extremo de uno de los corredores había un oratorio en donde se guardaba, desde tiempo inmemorial, uno de los "Pasos de la Semana Santa" acerca del cual corría entre el beaterío de la parroquia una leyenda milagrera, y constantemente entraban en aquella casa sacristanes y monagos que iban por brasas para el incensario o por albas y sobrepellices que se lavaban en una especie de santificado lavadero y que luego se oreaban en una cuerda que tenía este privilegio.
Carmen Rosa hacía este oficio y lo hacía con una pulcritud devota. En el resto del día refugiábase en su dormitorio, austero como una celda monjil, limpio, claro y lleno del silencio de aquella casa donde vivía con su madre y su hermano, y allí poníase a recamar interminables vestiduras para las imágenes de la parroquia y casullas y dalmáticas para uso del párroco.
Todo esto enfurecía al hermano incrédulo. A veces le daban ganas de romper violentamente con toda consideración. Pero no hacía sino enfurecerse, gritar, amenazar.
La madre, que hasta la salvación de su alma desistiera, si en trance de ello la pusieran, por complacer a su hijo, amedrentada con aquellas bravatas, temerosa de que la ira le hiciese daño, empezaba a suplicarle:
-¡Hijo! ¡Por Dios! No te molestes así. Haz lo que quieras. Di tú lo que debe hacerse.Y luego a Carmen Rosa:
-Ya lo estás viendo, hija. ¡Y todo porquee te encuentras bordando esa casulla!Carmen Rosa, invariablemente, abandonaba la labor sin responder palabra.Cierta vez, a raíz de una de una de estas escenas se presentó Clarita Estévez. Era ésta una mujeruca insignificante, de piel rosaducha y fina como la de un recién nacido, cabellos descoloridos como hoja de plata que no recibe sol, ojos bailoteantes, agudo mentón, dientes cariados y espalda jibosa. Estaba plantada en el linde de la juventud más hacia el lado de la vejez y gastaba la vida terrenal en amontonar merecimientos para la de ultratumba, que ya tenía por segura, pues era proveedora del aceite de las lámparas del Santísimo, esclava de la Virgen, sierva de San José, y hermana de leche de un diácono que estaba por ordenarse. Representaba un papel ambiguo cerca de Carmen Rosa, quien la llamaba su amiga de prueba, queriendo así significar que no le profesaba amistad, pero que soportaba la suya como una de esas cosas desagradables con que acostumbra el buen Dios probar a sus criaturas elegidas.
Sin embargo, aquel día Carmen Rosa no estaba para merecimientos y la recibió de mal humor.
Clarita comenzó a farfullar su habitual andanada de palabras:
-Chica, vengo a buscarte para que vayamos a la iglesia y regañes al sacristán. Se roba el aceite de la Majestad.
Carmen Rosa no pudo contenerse:
-Pues no vengas nunca a buscarme para esas cosas.
-Y dejamos que el sacristán se robe el aceite impúdicamente.
-Inpunemente querrás decir. Pues que se lo robe, que se lo coja como te lo coges tú para alumbrar los santos de tu casa.
La beatuca, sorprendida más que ofendida, pues nunca había visto enojada a Carmen Rosa, empezó a hacer visajes y a balbucir:
-¡Chica!... ¿Yo?... ¡Cómo me dices eso...!!
-Ya te digo: que no se te ocurra más venirr a contarme lo que pasa en la sacristía. Ya me tienes hasta la coronilla.
Clarita detuvo un momento sobre la amiga el absurdo bailoteo de sus ojos y salió ahogándose de ira.
Cuando Carmen Rosa se halló otra vez sola, se sorprendió de lo que había hecho. Sin duda aquel estallido de cólera se venía preparando en su ánimo desde mucho tiempo. Era la reacción inopinada y violenta de una voluntad apática que había sufrido varias presiones, sin protestar, pero cargándose de rebeldía para dejarla escapar de un golpe.
Desde algún tiempo venía advirtiendo que su confesor redoblaba para con ella su celo de director espiritual, y tenía condescendencias respetuosas para sus pecadillos, como si le reconociera una grandeza de alma que supliera por las pequeñas flaquezas, llegando a veces hasta la adulación, aun a riesgo de envanecerla de su piedad. Al principio no se dio perfecta cuenta del hecho, pero cierto era que había caído en el halago de aquello que había venido a convertir la confesión en un flirt raro y grato, donde su mística, pero siempre femenil coquetería, se holgaba sobradamente. Poco después el confesor había empezado la idea de coronar con una acción de mayor merecimiento ante los ojos de Dios la devota vida que hacía en su casa. Un día en la sobremesa -pues el Cura de la parroquia comía una vez a la semana en casa de la familia -dijo, como idea cogida al vuelo y sin intención remota:
-No extrañaría que Carmen Rosa la diera, eel día menos pensado, por meterse a fundadora de una orden religiosa. Seguramente escogería un nombre poético: ¡María de la Luz!
-Pero ¿de dónde saca usted eso? -replicó Carmen Rosa ruborizándose-. Sería una extravagancia.
-A los grandes imaginativos no los seduce sino lo que se sale de lo ordinario. Mientras más fantástico, mejor. Imagínese: fundadora de una orden nueva. Ya me parece estar viéndolo: Cuando Sor María de la Luz...Cambió Carmen Rosa la conversación, temerosa del ceño que ponía su hermano, pero ya la idea insidiosa había encontrado asidero propicio en su espíritu. Muy lejos estaba todavía de ser un propósito definido; sólo era una grata ensoñación a la cual se entregaba en esos estados de abandono mental en las cuales la fantasía enreda los más caprichosos motivos; cuando más, vago anhelo, como de cosa imposible; pero allí estaba la idea aquella, como levadura en masa fácil de fermentar, turbándole el sueño, empujándola a todo rincón de sombra y silencio... ¡Teresa de Jesús! Nunca se le había ocurrido que ella pudiese servir para aquello... Pero... Puesto que el padre lo decía... ¿Quién sabe...? ¡Cuando Sor maría de la Luz...!
Y era tan pertinaz la dulce violencia de esta obsesión, que a poco andar Carmen Rosa no tuvo vida sino para consumirla en la lumbre voraz de su deseo.La madre y hermano diéronse cuenta de la situación y le declararon una guerra abierta y sin tregua; pero ni amenazas del uno, ni súplicas ni lloriqueos de la otra, lograron más sino afirmarla en su terco y escondido empeño.
¿De dónde salía ahora, a raíz del disgusto que por causa de su hermano acababa de tener, aquel impulso de rebeldía que la hizo ser injusto y brutal con Clarita?
...
Era así la vida en aquella casa, cuando una mañana, de improviso, entró la alegría.
Pablo Lagañez, un pariente lejano a quien la familia no conocía y que se había educado en el Norte desde niño, había llegado a Caracas por aquellos días. Era un joven moreno, vigoroso, casi hercúleo y tenía un carácter franco, expansivo y bullicioso.
Desde el primer momento Carmen Rosa experimentó viva simpatía hacia aquel joven que tanto elogiara su hermano. Por otra parte, ella encontró otras excelencias: Pablo Lagañez tenía un corazón sensible, jugoso de ternura.
Una mañana llegó clamoroso, con una niñita en los brazos, rubia y linda como una muñeca.
-¡Prima! ¡Prima! Mira lo que te traigo. La había encontrado al pasar, jugando en la plazoleta de la iglesia cercana. Y sin cuidarse del rubor que hacía estallar en las mejías de Carmen Rosa, le dijo maliciosamente:
-Es necesario, prima, que en este patio haya pronto una criaturita tan mona como esta...El intruso alegró la vida de Carmen Rosa. Una alegría fugaz, pero dulcísima, metiósele alma adentro, como una lumbrada de sol en rincón obscuro y frío, desentumeciendo alborozos y ansias juveniles que se precipitaron ávidamente en aquel rayo cálido, que fue veloz y certero hasta lo hondo del corazón aterido por los grandes hielos del divino amor.
Asimismo, el sol verdadero creó el blancucho color de su faz en los paseos que Pablo Lagañez inventó para ella en los claros días de mayo. Ora en las mañanas en los campos cercanos, ora en las tardes por las barriadas capitalinas; o entre días por los pueblecitos próximos, aquellas jubilosas excursiones, donde su hermano hacía de Cicerone y que para ella eran tan inusitadas como para Pablo Lagañez, fueron un brusco paréntesis de vida casera y una vacación espiritual deliciosa. Corrientes y frescas aguas, cálidos aires y tibias sombras, el caliente olor del paisaje y la lumbrada azul de los cielos, el olor agreste y los campesinos rumores todo aquello, contemplado y sentido otras veces como recóndita invitación al arrobamiento místico, era entonces nuevo y sabroso. Adobábalo Pablo Lagañez con su charla amable y alegre y gustábalo ella con fruición golosa, un poco turbada por aquel violento cambio de vida, por aquella repentina sumersión en el mundo, precisamente cuando acariciaba la idea de renunciar a él para siempre. A veces su hermano y Pablo se engolfaban en una conversación seria sobre motivos de orden práctico o trascendental y a ella entonces le tocaba callar. Ella en medio de los dos, silenciosa y sin pensamientos suyos, sólo cruzando por su mente las ideas que ellos expresaban, experimentaba bienestar inefable, hondo y calmoso.
Pero eran los más dulces y turbadores momentos aquellos de la jornada. En el vagón del tren o del tranvía donde regresaban de la diaria excursión, fatigados ellos del mucho hablar, cansada ella de la larga caminata, quedábase a menudo en silencio y entonces Pablo Lagañez la miraba largamente, con una sonrisa tan afable, con una mirada tan honda y luminosa y preguntábale luego: ¿Estás cansada? con un tono de protección ¡tan insinuante!, de ternura varonil ¡tan subyugador!, que ella se sentía conmovida hasta lo más profundo de su ser, y experimentaba un mimoso deseo de perpetuar aquellas puras caricias con que, así, tan deliciosamente, un alma fuerte y alegre iba sorbiéndose la de ella tan necesitada del rescoldo de amor.
A veces Pablo le preguntaba en un improntus de su humor expansivo:
-Prima, ¿no tienes novio?Turbábase ella y respondía:
-¿Quién va a enamorarse de mí?
-¡Dianche! Cualquiera que tenga ojos y corazón. Hay que buscar uno. A ti te está haciendo falta un novio.
Y soltábale una risotada clamorosa al verla sonrojarse.
Un día, recorriendo el jardín del corral, le preguntó:
-¿No tienes orquídeas? Pues voy a buscárttelas. Son preciosas: llenaremos el corral. Verás que bosque fantástico voy a formarte.
Y como lo prometió lo cumplió. Compró muchas y encargó a las vendedoras que le llevasen cuantas tuvieran. Pocos días después el corral de Carmen Rosa estaba poblado de cepas de orquídeas que florecían profusamente, adheridas a los troncos de los árboles o dentro de rústicas cestas que el mismo Pablo construyó en sabrosa y fraternal colaboración con la muchacha.
-Ah, prima. Ya tenemos de que vivir -decííale elogiando la obra-. Ponemos una fábrica de cestos para matas y te aseguro que no nos moriremos de hambre.
Esta chancera previsión de un porvenir común, de una vida compartida entre los dos, encendía fugaces sonrojos en las mejillas de Carmen Rosa y la llenaba el corazón de una dulce zozobra.Pero Pablo Lagañez debía desaparecer como había aparecido: de pronto, intempestivamente. Un día llegó diciendo:
-Parientes, vengo a despedirme de ustedes.. Salgo para el Yuruary, como ingeniero de una compañía que se ha formado, para emprender la explotación científica, en grande, de una vasta región cauchera.
Era el primer dinero que le producía su profesión y esto le llenaba de desbordada alegría infantil. Habló de su porvenir con optimismo entusiasta y luego salió, tan clamorosamente como llegara la primera vez, gritando, ya en la puerta:
-¡Adiós! ¡Hacia el porvenir! ¡Hacia la vida!Carmen Rosa y la madre, que habían ido a despedirlo hasta la puerta, volvieron maquinalmente en el recibimiento del corredor. Las últimas palabras del ingeniero habían dejado en sus oídos esa intranquilizadora sensación de súbito silencio. Permanecieron un rato sin hablarse. Carmen Rosa con los ojos bajos, plegando y desplegando alforzas en la tela de su falda como un símbolo de aquel juego del destino con la vida; la madre con el mentón en el hueco de la mano, pestañeando repetidas veces. Luego la hija se levantó de su asiento y se fue, a lo largo del corredor, a su rincón de bordar: la madre la siguió con las miradas y murmuró, moviendo la cabeza:
-¡No estaba de Dios!...Meses después recibían cartas de Pablo. Dábales noticia del fracaso de su empresa y de su internación en el Brasil, en busca de campo más propicio a sus ambiciones.
Al final de la carta dedicaba un largo párrafo a Carmen Rosa, recomendábale el cuidado de las orquídeas y recordándole lo que tanto le había dicho, a propósito del novio que debía procurarse.
Después no se supo nada de él. ¿Sería el amor lo que había pasado? Carmen Rosa volvió a sus labores y a sus pensamientos piadosos, que recuperaron todo su corazón con una violencia desesperada. Al año siguiente, por mayo, cuando florecieron las orquídeas, se nombró en la casa a Pablo Lagañez: luego murieron las flores y nadie volvió a nombrarlo.
Entre tanto, la voz insinuante volvía a decir:
-Cuando Sor María de la Luz...
ACTIVIDAD
(Imprime los relatos y pégalos en tu cuaderno de anotaciones)
1. Según las características que tiene el REGIONALISMO ¿Cuáles percibes en este par de cuentos?
2. Relacione el rlato de Guiraldes con la religión; establece tres coincidencias entre el texto y la religión cristiana como la conocemos.
3. ¿Cómo se puede justificar el desaliento que siente Carmen Rosa por el amor?
4. ¿Qué opinión te despierta la actitud de pablo Lagañez?
5. En cada relato ¿Cómo se resalta el tema del campo, respectivamente?
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